El Bondi
Revista Digital
 

¿La última andanza del Capitán Buscapina?

Un recital cargado de irresponsabilidad, dos muertes sin esclarecer y el relato en primera persona de una fecha difícil de olvidar.

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Después de 11 horas de viaje, llegamos, mi pareja, yo y una decena más de peregrinos. En la ruta vimos de todo: micros que no estaban en las mejores condiciones, gente caminando, gente meando, gente cagando, y mucho alcohol en los autos particulares. Lo que no vimos, o casi no vimos, fueron controles. De hecho, el coordinador de nuestro micro nos avisó: “Es probable que nos pare gendarmería, y que suban perros”. No pasó, claro está.

Lo primero que hicimos fue rajar hacia la terminal para comprar la entrada. Cuando llegamos a la boletería, se nos informó que se había cortado la venta ahí (eran las 18:45), y que el único punto que quedaba era cerca del predio. O sea, que a tres horas del show sólo había un punto de venta en toda Olavarria.

Hacia allá fuimos. La cola para comprar la entrada era de, por lo menos, seis cuadras. Y recién en los últimos metros había un vallado con su personal de seguridad correspondiente. En el mientras tanto, conversamos con una mujer (que nunca supimos cómo se llamaba), que venía de Misiones y tuvo un viaje de 30 horas. “En mi provincia no se vendieron entradas”, nos contó, así que vivió la misma odisea que nosotros, pero con menos suerte: llegó el sábado a las 10, se apostó en la terminal, y, luego de una espera de seis horas, a pocos metros de su turno, se le informó que se habían “acabado” los boletos.

Mientras caminábamos hacia La Colmena, pasamos (todos) por al menos cuatro cuellos de botella, y después por la incertidumbre de atravesar otro predio (la previa del principal), en el que no había casi señalización y luz, y mucho menos gente de la organización para preguntar siquiera si el rebaño estaba yendo por la dirección indicada.  

Adentro, los baños químicos brillaron por su ausencia. No así el alcohol. O la pirotecnia (¡o la pirotecnia!). Desde donde lo “vimos” (a  muchos metros de distancia de la última torre de sonido, la 15), estuvo bien, es verdad. Tampoco nos adentramos en la marea humana, ¿para qué? ¿Para ver más de cerca la pantalla? Gracias, pero no. Paradójicamente, mientras más nos alejamos del escenario, mejor se oyó (a raíz de eso, pudimos ver a gente colgada en una de las torres de iluminación, tranca). Por otra parte, luego del primer parate (cuando Indio arrancó con lo de “borrachines”), se cortó la onda. Habrá sido el frío, habrá sido “algo” que se percibía, pero algo pasó, porque ese quiebre fue un antes y un después para el resto de la noche.

Optamos por irnos antes, mucho antes de que termine el show. Porque no queríamos pasar por el mismo estrés que en la entrada. Al parecer, no fuimos los únicos, ya que eran muchos los que salieron. Ya no importaba ser parte de la fiesta, ni del pogo más grande del mundo. Sólo queríamos volver a nuestras casas, algo que en nuestro caso pasó 15 horas después de haber subido al micro.


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