Revista El Bondi - 15 AÑOS DE ROCK
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Enrique Bunbury

Como en su casa

Cronista: Pablo Andisco | Fotos: Jose Fuño

15 de Febrero, 2018

Como en su casa

Enrique Bunbury ratificó su idilio con el público argentino con un show impecable ante un Luna Park colmado.

"Un hervidero de pensamientos". La primera línea de "La ceremonia de la confusión", el tema que abre el último trabajo de Enrique Bunbury -Expectativas, editado a finales de 2017, el noveno en estudio de su camino solista- sintetiza lo que se vivía en el Luna Park en el anochecer de un agradable jueves de febrero. La canción sirvió también para abrir un nuevo encuentro del zaragozano con el público argentino, marcando la cancha de entrada, testeando a una audiencia que le devolvía cada uno de sus compases. Y, desde el vamos, la partida estaba ganada. 

Con su nuevo álbum como eje conceptual –musical, audiovisual, estético-, Bunbury ofreció un viaje por los oscuros laberintos de una obra que ya suma más de tres décadas desde los primeros pasos con Héroes del Silencio. Y lejos de viajar a ninguna parte, el concierto se basa en un itinerario concreto, prestidigitado por una banda ajustadísima y un director de orquesta que sabe todos los trucos. 

Acaso como un reconocimiento a Los Santos Inocentes –la banda que lo acompaña desde 2008 a partir del gran álbum Hellville de Luxe- la primera parte del concierto se basó en Expectativas y sus antecesores. Con un marcado pulso rockero en las cuerdas –elegante el guitarrista Jordi Mena, histriónico su colega Álvaro Suite, preciso el bajista Bob Castellanos- el sostén del histórico baterista Ramón Gacías y la versatilidad del tecladista Jorge Rebanaque, el Luna Park latió al ritmo de “Porque las cosas cambian” (de Hellville de Luxe, 2008), “El anzuelo” (del doble El viaje a ninguna parte, 2004) o "La actitud correcta", Parecemos tontos" y “Cuna de Caín”, de la última placa, con las gargantas del público acompañando cada una de las estrofas. Y tal vez allí radique la sonrisa que se le dibujó al zaragozano luego de cada canción: nada mejor para un músico con status de clásico que sentir que su público no hace preferencias en su repertorio y la nostalgia y el fanatismo, tan inevitables como tramposos, no impiden degustar las nuevas composiciones.

El galope dylaniano de “El hombre delgado que no flaqueará jamás” y el rock de estadios “Hay muy poca gente” sonaron en medley, registrando casi quince minutos de un Luna Park al palo y ratificando a Helville de Luxe como el disco clave de esta etapa de Bunbury. Y para condensar más de diez años en un presente, es necesario destacar el aporte en percusión de Quino Béjar -incluido desde la etapa latinoamericanista de Licenciado Cantinas, 2011- y, sobre todo, de Santi del Campo en saxofón, quienes le ofrecen nuevos colores a una banda que no muestra fisuras y que apela a los arreglos para desafiar los oídos y el aburrimiento como mostraron en "El rescate", himno de El viaje a ninguna parte. 

Enfundado en un traje blanco con la “X” roja que identifica a la nueva placa en su espalda, Bunbury caminó el escenario del estadio a su antojo. Su histrionismo afloró como nunca en “En bandeja de plata”, otra de las nuevas, cantando cara a cara con los fans pegados al vallado, su voz brilló como acostumbra y se apoyó siempre que quiso en el público, con la confianza del jugador que sabe que tiene las de ganar.

“Tesoro” –original de El espíritu del vino, 1993- fue la primera de Héroes del Silencio, un terreno que Bunbury visitó más a menudo que otras veces. A lo largo de la noche, sonaron “Héroe de Leyenda”, “Mar adentro” y “Maldito duende”. El público repartió ovaciones entre el “Enrique, Enrique”, y el “Héroes, Héroes” según la ocasión, sin reclamos histéricos. Y eso también reconforta.

Para los bises, y luego de “Que tengas suertecita”, llegaron los primeros recuerdos a los inicios solistas del zaragozano. La seguidilla “El extranjero”, “Sí”, “Infinito” y “Lady Blue” propuso un viaje a los tiempos del cambio de siglo, cuando el cabaret ambulante dominaba sus estados de ánimo. Pero para la despedida, las expectativas volvieron a conectar al presente con “La constante”, su densidad lírica y los celulares iluminando a pedido del cantante. La coda del tema también tuvo mucho de simbólico, cuando Los Santos Inocentes se robaron los últimos aplausos, mientras revoleaban púas y palillos, aplausos y besos. Es fácil imaginarse a Enrique relajando en el camarín, con la satisfacción, una vez más, del deber cumplido.

Con una banda impecable y un equilibrio entre sus camaleónicos pasados y su presente, Enrique Bunbury brilló ante un Luna Park que le devolvió cada una de sus jugadas.  

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