El Bondi
Revista Digital
 

Siempre conmigo vas a estar

El león del ritmo rugió por última vez hasta tiempo indeterminado, en un Luna Park repleto que funcionó como marco ideal de un recital que quedará en la historia.
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El show comienza con “Strawberry fields forever”, el punk y el ska se hacen protagonistas, un pibe del público se sube a bailar al escenario, los integrantes de la banda corren de un lado para el otro, Valeria Bertuccelli aparece para gritar con todas sus fuerzas, el público agita, la banda huele a espíritu adolescente. ¿Estamos en la segunda mitad de los ’90? ¿En aquella época que mostró la mejor etapa que se pudo ver en vivo de Los Fabulosos Cadillacs? Es como si tanto desde arriba del escenario como desde abajo todos deseáramos eso. Y jugamos por más de dos horas a concretarlo. Y lo logramos. Y somos felices. El Acto Final hace magia y nos rendimos contentos a caer en el hechizo.

No había lugar para un alma más en el repleto y agotado Luna Park cuando el final de James Bond dio lugar a los primeros acordes en clave ska. “Dejame llevarte hacia donde voy”, canta todo el estadio y acepta el desafío como previendo que en este último show hasta nuevo aviso, además de los hits iban a aparecer canciones viejas que casi nunca suenan. O sea, iba a suceder lo que, al menos la mitad de los presentes, desearon desde aquella vuelta en el año 2008.

Así entonces, “Paquito” continuó con las joyas preciadas que siguieron aflorando más tarde con viejazos como “Siempre me hablaste de ella” (El Ritmo Mundial, 1988) y “Muy, muy temprano” (Yo Te Avisé, 1987). La alegría de los fans nostálgicos iba subiendo temperatura hasta llegar a su punto más alto de emotividad cuando en la mitad de “Saco azul” apareció en escena Valeria Bertuccelli para recitar las desgarradoras palabras que embellecen y completan la canción, algo que no sucedía en un recital Cadillac desde fines del siglo pasado. Pero las sorpresas continuarían de la mano de “Caballo de madera”, compuesta en 1990 en homenaje a Luciano Jr. (sí, el Tirri) cuando se alejó de la banda, y “Cartas, flores y un puñal”, la cual ya había aparecido de la nada en el Luna de 2016.

Con un sonido que empezó dubitativo pero que luego logró acomodarse, la banda se mostró mucho mejor que en actuaciones recientes, dejando en la cancha la calidad y la excelencia que le dan sus más de treinta años de vida. Flavio se robaba el protagonismo, Sergio Rotman agitaba como en las mejores épocas y los jóvenes “hijos de” recargaban de energía la escena como en toda esta última etapa en la que fueron parte. Vicentico, maestro de ceremonias, charló con el público recién una hora después de comenzado el show, dividiendo a los presentes en “Calaveras” y “Diablitos”, bromeando con una grieta que pareció ser, sin quererlo, la antesala de lo que sucedería unos minutos más tarde cuando intentara en vano que todo el público quede en silencio (como le pasa hace más de quince años). La respuesta por parte de los espectadores en estos tiempos que corren fue el hit del año “Mauriciomacrilaputaqueteparió”. “Bueno, descárguense”, se rindió el cantante al tiempo que bromeó con un “esto genera quilombo, chicos, no sean boludos”.

Los hits, como siempre, hicieron lo suyo para alegría de todos los presentes. Esas que sabemos todos sonaron una vez más, infaltables, desde “Mi novia se cayó en un pozo ciego” y “Demasiada presión” al principio, hasta el cierre antes de los bises con “Mal bicho” y “Matador”. A la vuelta, “Te tiraré del altar” volvió a traer nostalgia y pogo, “Siguiendo la luna” abrazó a todas las parejas y “El satánico Dr. Cadillac” regaló el agite más álgido de la noche. Y quedaba el final, lo que todos fueron a buscar y el tema que tendría más sentido esta noche: el teclado de Mario Siperman empezó a sonar y “Yo no me sentaría en tu mesa” fue más interminable que nunca. Nadie, ni arriba ni abajo, parecía querer que se acabe. El “nunca podrás callar esta canción” retumbó bien fuerte. Se terminaba el hechizo, volvíamos a ser calabaza y encima sabiendo que para que el silencio se vuelva a convertir en carnaval van a pasar muchos años.

El show no mereció terminar con Flavio solo en escena haciendo su intento de Himno Nacional con el bajo. La postal ideal era con todo el estadio saltando y cantando el “oh, oh, oh” mientras los músicos saludaban sonrientes, pero al menos sirvió para que el público se retirara un poco menos excitado.

Los Fabulosos Cadillacs se mostraron en plenitud y contentos como pocas veces desde su vuelta en 2008, regalando uno de los mejores conciertos de esta etapa. Lástima que sea el último, aunque probablemente por esa razón haya sido así, ¿no? Quién sabe. Lo que sí queda claro es que decidieron decir “hasta luego” con la frente bien en alto, aguantando los trapos y demostrando que son una de las mejores bandas de estas tierras. La espera será de dos, tres, diez o infinitos años. Mientras tanto los seguiremos escuchando cantar en todas esas canciones que los volvieron inmortales.


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