El Bondi
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"Mi vida está entre la música y mis nietos"

Antes de presentarse en el Teatro Gran Rivadavia, el "Ruso" cuenta algunos secretos de su nuevo álbum, Encuentro Supremo, repasa su camino junto a próceres, como Spinetta y García, y admite sus ganas de tocar con uno de los guitarristas más reconocidos de nuestro rock.

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Entre cámaras de televisión y cables desparramados en el piso, David Lebón se presenta y saluda con bastante seriedad. Algunos periodistas se despiden y solicitan unas últimas palabras. Él accede con amabilidad para luego acomodarse en uno de los estudios de la sala ensayo ubicada en la Avenida Directorio, lugar donde se ultiman los detalles para el show que se viene, el sábado 8 en el Teatro Gran Rivadavia. 

-El primer tema de Encuentro Supremo es “Último viaje”, ¿te cansaste de viajar o llegaste a tu destino?

-Recién estoy gateando. Me estoy dando cuenta lo lindo que es estar enamorado, pero no solamente enamorado de una mujer. Enamorado de enamorado. Ahora con mis hijos y mis nietos, que tengo siete, estoy recontra enamorado del mundo. Que el mundo haga lo que quiera, yo tengo mi mundo agradable, que es mi familia. Mis hijos, dicen, que aman de mí que nunca les enseñé nada. Yo pensé que estaban enojados, pero ellos hicieron y hacen lo que quieren: algunos tocan y otros se dedican a otras cosas. Hoy en día tengo una relación magnífica, estoy rehaciendo mi vida y ahora me voy a ver a mi nieto nuevo, que está en Uruguay. En este momento, mi vida está entre la música y mis nietos.

-¿Vos pudiste hacer lo que quisiste?

-Sí, totalmente. Cuando tenés un anhelo ardiente y no un capricho… hasta Steve Jobs lo dijo: “Sean desprolijos. Si no les gusta lo que están haciendo déjenlo y busquen otra cosa”. Busquen lo que les llene el corazón. A mí, me llenó la música. Mi mamá escuchaba muy buena música, cantaba. Mi abuela y mi hermana también: Los Plateros, Bill Haley, Frank Sinatra.

-Hace poco dijiste que aprendiste a relacionarte con la vida desde el amor.

-Exacto.

-¿En algún momento te relacionaste desde otro lado?

-No, la música fue la que me llevó de cabeza a Dios. Digo Dios, pero no religiosamente. Fui monaguillo, inclusive de grande, y decidí que no quería ir por ese camino, en el que no encontré nada, sinceramente. Esto no es en contra de la religión, ni nada. La historia de Jesús me fascina y he leído libros prohibidos sobre él que están magníficos, y que tienen un final mucho más lindo que el que le dieron los católicos. Un maestro no puede terminar mal. Y ahí empecé a buscar maestros y libros. Leí el Corán, El Jardín del Amado, El Profeta, pero yo no sabía cómo sentir todo eso porque el libro se cerraba y volvían lo problemas. Entonces, encontré a Prem Rawat, mi maestro indio hace cuarenta y cinco años. Tuve conocimiento y me salvó la vida. En realidad, seguí siendo el mismo boludo de siempre, pero con una opción de estar cada vez mejor.

-Estuviste pensando en dejar la música y él te insistió para que sigas, ¿es así?.

-No es que me insistió. Yo quería ser instructor y trabajar con él, que no es trabajar. Estar a su lado es estar en el cielo. Y me dijo: “Vos ya estás siendo instructor. Lo que estás cantando es lo que yo digo. Lo que yo hablo con la gente es lo que vos hacés cuando cantás. Si vos querés, está bien, ¿pero vas a dejar de hacer lo que te gusta? Porque algún día te va a agarrar un ataque y vas a querer tocar de nuevo”. Muy inteligente.

-¿Seguís con las sesiones de foniatría?

-Sí, sigo.

-¿Eso te ayudó en este proceso de búsqueda interna?

-Sí, ahora me ayudó. Antes del disco yo no creía en nada de todo eso.

-¿Habías estudiado algo relacionado a la música antes?

-Nada, simplemente en Estados Unidos cuando era chico estaba en la orquesta y tocaba el contrabajo, pero miraba al de al lado y lo copiaba, no leía. Entonces cuando el tipo pifiaba, lo hacía yo también. Mejor que él, pero pifiaba. Un buen pifie. Desde que conocí a Andrea Camacho me di cuenta de los errores que estaba cometiendo. La voz sale natural, pero es como cuando levantás pesas: tenés que tener un trainer al lado porque si no, te hacés cuatro mil abdominales y esa noche no dormís. Me pasaba en la escuela, a mí no me gustaba memorizar, me gustaba aprender. Nunca me gustó que me manden y menos sobrándome, como pasa en el país: el que tiene un rango más alto caga al de abajo, ¿viste?

-¿Te pasó alguna vez?

-No, nunca. Yo vendí ropa, fui carpintero (no carpintero de verdad, limpiaba). O sea, nunca fui nada, no sé hacer nada. Por eso Dios me dio esta posibilidad para no trabajar. También trabajé en herrería artística y las manos me quedaban hechas mierda, no podía tocar. Hasta que me compré la guitarra y empecé a trabajar de músico.


Encuentro supremo, álbum de estudio número 13 en la carrera solista de David, incluye canciones de diferentes etapas de su vida; alguna de ellas compuestas en Miami en los ‘80, y muchas surgidas en Mendoza, ciudad en la que vivió doce años entre los ‘90 y los 2000. "Lo único que hice fue componer, así que tengo como 170 temas inéditos que no son todos buenos, pero hay un montón con los que me puedo sentar. No tengo que inspirarme mucho para componer", cuenta el guitarrista. 

-¿Te das cuenta cuando una canción no es buena?

-Sí, yo me siento como público también. Si a mí no me gusta no le va a gustar a ellos. Siento que es así.

-Jimi Hendrix y Led Zeppelin están siempre al tuyo ¿Cuál es la historia de “Perro Negro”?

-Zeppelin, Zeppelin total. Pero “Perro Negro” es una historia real. Era el perro de un amigo que falleció al que adoraba porque que me amaba. Cuando iba a lo de mi amigo y yo lloraba, el perro se acercaba y lloraba conmigo. El día que falleció me puso muy triste y compuse la canción. Era el Perro Negro, por eso le puse ese riff y el nombre al tema.

-Varias veces mencionaste “Laura Va” de Almendra y ahora la incluiste en el álbum. ¿Qué pasa con esa canción?

-Es una canción que amé cuando la escuche por primera vez en el ‘69, cuando murió Jimi Hendrix. Cuando la escuché dije: “Yo me tengo que quedar acá, me tengo que quedar en Argentina”. Cuando escuché el bandoneón me enamoré, porque no era un invento de tango con rock. En un momento hubo una tendencia de mezclar folclore con guitarra eléctrica y para mi cada cosa es lo que es. Y esta era una canción tango.

-¿Escuchás música?

-No mucho, escucho de golpe. Estoy en el auto y mi señora es la que elige. Entonces escucho lo que viene. Tampoco juzgo, escucho. Por ahí le digo: “¿Podés cambiarlo?”, porque hay cosas que me hacen mal. Por ejemplo, cuando escuché por primera vez “Despeinada” medio que no me gustaba, yo venía de escuchar a Jimi Hendrix y en “Despeinada” escuchaba “twist twist”. ¿Twist? ¡Ya había pasado! Pero cuando lo conocí a Palito Ortega, me di cuenta que era un ser maravilloso y al final grabé en su disco. Lo que hizo con el Flaco –para muchos músicos el otro Flaco es Charly García–, no sólo lo que hizo, sino el tiempo que se tomó. El Flaco también se dejó, que él no es de dejarse.

-En ese momento se habló mucho sobre cuál era la real intención de Palito Ortega al ayudar a Charly.

-¡Ah sí, horrible! ¡Jamás, jamás! Porque Palito no lo necesita además.

-¿Extrañas tocar con alguien?

-Con Luis, con Rinaldo Rafanelli, con Pappo, no nos olvidemos de Pappo.

-¿Qué violeros argentinos te gustan?

-Mollo, me encanta. Mollo me vuelve loco. Le voy a tirar una indirecta. Lo adoro a Mollo, pero nunca me llama. Quiero que me llame porque quiero tocar con él. Me dijo: “Sos el invitado de Divididos para toda la vida”. Hasta ahora no recibí ningún llamado –las carcajadas invadien la sala de ensayo–. ¡Que le llegue este audio!

-¿Por qué tenías tantas ganas de tocar con Spinetta en la época de Pescado Rabioso?

-Porque estaba en la escalera por donde yo andaba. Él estaba más arriba que yo, pero era la misma escalera. Sentía que si tocaba con él, el día que saliera de ahí iba a salir bien, ¿viste? Y fue así, porque me dejó cantar una canción en Pescado 2 –se refiere a “Mañana o Pasado”, canción de su autoría– que le encantó a él y lloró cuando la escuchó por primera vez. Fue hermosa la relación que tuvimos con él.

-Siempre nombrás a tu mamá como tu gran productora. ¿Te hubieses dedicado a la música si no fuera por ella?

-Yo creo que sí. Ya venía dentro de mí, no había forma de cambiarlo. Me doy cuenta ahora.

-Últimamente se están derribando ciertos prejuicios en la música

-Sí, señor.

-Y en tu último disco Marcela Morelo cantó en “Volver a Cuba”. ¿Derribaste un prejuicio?

-Me encantó. ¡Si!

-¿Lo hubieses hecho antes?

-No, porque siempre hubo una idea de cómo tienen que ser los cantantes: este tema debería cantarlo una negra, este tema debería cantarlo una amarilla. Este tema lo tiene que cantar Marcela que es una amiga mía de hace muchos años.

-¿Qué es esta idea tuya de “tengo alguien adentro mío que sabe más que yo”?

-Viste cuando te vas a dormir, alguien te sigue bombeando. Te despertás al otro día y no sabés qué pasó, salvo en algunos sueños ridículos. Cuando empecé en la música veía que yo tocaba, pero que no estaba pensando. Era algo que salía. Entonces un amigo un día me hizo una prueba, que no fue adrede. Yo estaba tocando la viola y él me empezó a hablar; y yo seguía tocando y mientras le contestaba. “¿Ves que adentro tuyo hay alguien que sabe más que vos? –me dice– Me estás contestando y estás tocando re bien la viola”. O sea, hay alguien que está tocando.

-David Lebón presenta Encuentro supremo el sábado 8 de julio en el Teatro Gran Rivadavia, Av. Rivadavia 8636.


 
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