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Revista Digital
 

Yngwie Malmsteen: "Tengo los peores recuerdos del disco Odyssey"

Desatando la furia (en las seis cuerdas).

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Yngwie Malmsteen nació en Suecia y a los cinco años recibió como regalo de cumpleaños su primera guitarra. Después vivió tres sucesos epifánicos: vio en la tele a un violista ruso tocando Paganini; se asombró con la imagen de Jimi Hendrix quemando su guitarra en el festival de Monterey; y estuvo cara a cara con el disco Fireball (1971), de Deep Purple. Éstos episodios moldearon la vida del pequeño para siempre. Así, mientras otros chicos invertían su tiempo en otros hobbies, él vivía por la música, tanto que a los 11 ya tocaba los solos de Ritchie Blackmore.

Su sonido, dominado por las composiciones clásicas (Beethoven, Tchaikovsky, Bach y Vivaldi), más la cantidad de notas ejecutadas basadas en el concepto more is more (más es más), lo convirtieron en el máximo referente del metal neoclásico. Y en sinónimo de velocidad, ya sea tocando endemoniados arpegios a la aceleración máxima permitida por la física, o manejando su colección de Ferraris a las que le ha dedicado algunas canciones, como “Cavallino Rampante” y “Red Devil”.

Como aprendiz de luthier, descubrió que se podían escalopear las guitarras, detalle con el que logró su sonido insignia. Y a sus 18, recibió el llamado de Mike Varney, de Shrapnel Records, para continuar su carrera en Estados Unidos. Tras su corta estadía en Steeler y Alcatrazz, grabó Rising Force (1984), el seminal álbum debut que disparó su carrera. Mientras, un montón de guitarristas trataban de imitarlo. No por nada su autobiografía, Relentless (2013), comienza con una cita de David St. Hubbins personaje de Spinal Tap: “Me gusta la forma en la que pone la ‘J’ en sus discos (Yngwie J. Malmsteen), así no los confunden con todos los demás Yngwie Malmsteens del negocio".

 Así es su ego, o su carisma rockero. Ámelo o déjelo, a él, a su colección de Rolex y a su pared de equipos Marshall. No le va a importar. Esa es la misma arrogancia que lo llevó a tener varios cortocircuitos con algunos de los cantantes que estuvieron bajo su mando y que hablaron mal de él, reclamando su aporte en melodías y letras. Consultado sobre los incidentes, el sueco espeta: “No pienso en eso, no es importante.”

Antes de su masterclas en nuestro país (11/08), el ex Alcatrazz imposta la voz y aclara que el encuentro no será teórico, que no se discutirá sobre la tónica ni la tercera nota del séptimo modo. Todo lo contrario, va a ser excitante.

-Sos autodidacta, ¿verdad?

 -En cuanto a tocar la guitarra, sí, pero estudié composición y teoría musical. En casa estaba rodeado de músicos, aunque me decidí por la guitarra en vez del piano o el violín. O sea, primero me instruí musicalmente y después aprendí a tocar la guitarra solo.

 -En cuanto a tu técnica, ¿es un don, es producto de muchas horas de práctica, o un poco de ambas? Porque de chico te autoexigías mucho…

 -Fue una combinación: estar metido en la música, saber dónde va cada nota y tener una visión. Escuchaba las composiciones para violín de Tchaikovsky, Beethoven, Paganini y Vivaldi y quería tocarlas en la guitarra, lo cual era muy complicado. Nadie me lo enseñó, lo logré solo.

 -¿Todavía te preguntan si le vendiste o no el alma al diablo, como cuenta la leyenda de Niccolò Paganini?

-Sí, la vendí, pero lo hice a un muy buen precio (risas).

-Cuando llegaste a Estados Unidos, en 1982, todas las bandas de la escena californiana estaban cortadas por la misma tijera. ¿Esto te sirvió como escenario para mostrar tu música?

-De alguna manera, sí, porque venía con otro background, donde la televisión y la radio pasaban música clásica, como Bach. Así que en Suecia no importaba un carajo si tocaba con influencias clásicas. Por eso, cuando al principio interpretaba esas escalas menores y arpegios al estilo de violín, especialmente en California -donde la gente es menos europea-, produjo un gran contraste y una gran reacción. No sabían qué era, lo veían como algo del espacio exterior (risas).

-En tu autobiografía planteás una dicotomía muy interesante: “¿Querés ser un rockstar famoso o querés ser un gran músico? Porque para ser un rockstar a veces no se requiere talento, sólo se necesita tener suerte”. ¿Vos cuál elegiste?

-Lo que quise hacer con esa pregunta fue dar una especie de advertencia, ya que hay diferentes formas de encarar las cosas. Siempre quise ser un gran músico, pero como consecuencia de todo el trabajo que hice, logré captar la atención y me volví famoso. No era mi meta, aunque no tengo ninguna queja al respecto. No es que decía: “¡Quiero ser famoso, quiero ser famoso!”.

-El disco Odyssey, quizás el más exitoso de tu carrera, está cumpliendo 30 años, ¿qué recordás del proceso de grabación?

-Tengo los peores recuerdos, porque pasé por un montón de cosas: mi casa fue destruida por un terremoto, mi madre murió, perdí toda mi plata. Fue un momento horrible. En síntesis, no me sentí extremadamente inspirado. Es un buen álbum, aunque no es mi favorito. Por ejemplo, de aquella época me gusta más Trilogy (1986).

-Hablando de malos recuerdos, en 1988 tuviste un accidente automovilístico, donde te dañaste un nervio de la mano. ¿Cómo fue la recuperación?

-La recuperación terminó siendo muy rápida. En 30 días ya estaba grabando y girando. Sin embargo, lo que hice fue una cosa muy estúpida, aunque ahora manejo Ferraris (NdlR: cuando chocó, conducía un Jaguar E-Type). Lo importante es entender que hay que estar sobrio y controlado al volante.

-En referencia a tu época de adicción, hace muchos años que estás alejado de la bebida, ¿cómo eso repercutió en tu música y tu forma de tocar?

-De chico, era muy centrado e implacable. Después, en los 80, ir a fiestas y tomar mucho alcohol se volvió una parte muy grande de mi vida. Esto interfirió de mala manera con lo que hacía, más allá de la salud. Entonces, decidí dejar de tomar, en 2004. Estoy completamente sobrio desde 2006. Nunca me sentí mejor, con energía y con la mente libre y saludable. Antes era como una larva, que pasó a ser capullo y luego salió como una mariposa (risas). Cuando miro atrás, me resulta difícil pensar que hacía esas cosas. Por eso, les advierto a todos: tomar no es algo bueno, sólo trae cosas malas.

-Estás grabando un nuevo disco, ¿qué podés adelantar?

-Estuve trabajando durante dos meses. Tiene un encare más blusero, a la vieja escuela (The Rolling Stones, The Beatles y Jimi Hendrix). Es una mezcla. La gente me pedía que haga algo más blusero, porque les gusta cómo lo interpreto. Obviamente, sigue teniendo mi estilo.

-¿Será de temas nuevos o de versiones?

-Las dos cosas. De hecho, ya está casi terminado. Hago covers que jamás nadie hubiera imaginado, como uno de ZZ Top, y de las bandas que antes nombré. Es un proyecto distinto, pero me siento cómodo, porque lo hice a mi manera.

-¿Cómo fue la experiencia de tocar con toda una orquesta? ¿Hay planes para repetirlo?

-Fue increíble, una locura. Un momento grandioso. Estaba muy emocionado con la idea de tener 60 músicos tocando mis composiciones. Me encantaría volver a hacerlo, pero toma mucho tiempo organizarlo. En fin, estoy abierto a las posibilidades.

-Siguiendo con la sinfónica, en tu libro dejás muy claro que compusiste todas las partes del disco Concerto Suite for Electric Guitar and Orchestra in E Flat Minor Op.1 (1998). ¿Cuán complicado fue todo ese proceso de creación, siendo que tenías que componer para violín y otros instrumentos?

-No fue tan complicado, porque siempre lo hago de esa forma. Tocarlo en vivo era más difícil, ya que no había batería (risa). En un set de rock, tenés el beat atrás tuyo para guiarte. Esa fue la parte más dura,  pero me acostumbré.

-Tuviste la posibilidad de conocer a Ritchie Blackmore, una de tus influencias primarias, ¿cómo fue ese encuentro en 1985, donde compartieron una cerveza?

-Fue genial. Realmente amo a ese tipo y todo lo que hace. En los 70 nadie se le acercaba, era un guitarrista increíble. Lo sigue siendo y una gran persona también.

-Ya que nombraste a Blackmore, ¿qué pensás de la reunión de Rainbow?

-Él hace lo que quiere, es su decisión y la respeto. Creo que está tocando muy bien, es genial. Estoy feliz con que lo está haciendo, porque me gusta más que lo otro (NdlR: se refiere indirectamente a la música celta que Blackmore hizo con Blackmore‘s Night).

-¿Qué guitarrista, sacando a tu hijo Antonio, pensás que puede seguir con tu legado?

-Hay un montón de guitarristas en el mainstream que me encantan: Angus Young, Brian May, Ritchie Blackmore. Igual, yo no compito con nadie.

*Sábado 11 de agosto en el Teatro Vorterix, Federico Lacroze y Álvarez Thomas. 


 
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