Revista El Bondi - 15 AÑOS DE ROCK
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Callejeros

Callejeros volvió a los escenarios en Córdoba

Cronista: Gentileza: Nadia Mansilla | Fotos: Beto Landoni

21 de Septiembre, 2006

Callejeros volvió a los escenarios en Córdoba

Operación retorno: sin prisa pero sin pausa

La noche del miércoles, en la estación de micros de Retiro, los sentimientos se mezclaban. Caras que reflejaban ansiedad, alegría o melancolía deambulaban por las plataformas, a la espera del colectivo que los transporte a Córdoba. A la mañana siguiente, en el corazón del país, el panorama era casi el mismo con el agregado de algunas lagañas y las expresiones de haber dormido mal.

El jueves que recibió la primavera nucleó en la capital provincial tanto a los pibes que festejaban el día del estudiante, como a los que habían llegado para ir a ver a Callejeros en el Chateau Carreras. Su regreso, 21 meses después de Cromañón, había tenido mil idas y venidas, y el recorrido que la banda tuvo que atravesar para tocar había sido más extenso que los casi 800 kilómetros que dividen Córdoba de su Villa Celina original. Entonces, en cuanto se confirmó el show -a pesar de los intentos de algunos grupos de familiares por impedir que se realice- las entradas se agotaron en 2 días y Callejeros tuvo su ansiado retorno a los escenarios en un concierto propio y no prestado. Así fue y El Bondi estuvo allí.

A las 12 se abrieron las puertas del estadio. En un primer momento iban a ser 20.000 los espectadores que finalmente fueron 17.500 por disposición de José Palazzo, quien dirige Nueva Tribu, organización que se encargó de la operación retorno. Cuatro fueron las bandas que talonearon: Aukan, Santa Esquina, La 66 y la Coca Fernández. Estas últimas, que jugaron de local, son muy amigas de la banda y le impregnaron un fuerte espíritu de fiesta a la previa, mientras la gente no paraba de llenar el campo y las plateas, limitadas en su capacidad para esta fecha.

Cinco horas más tarde, ni un minuto más, ni un minuto menos, y ante un agite comparable a las bandas de primera división, Callejeros salió al escenario. “Señales”, “El nudo”, “Cristal”, “No somos nadie” y “La llave” fueron los temas que sonaron para abrir. Recién entonces el Pato Fontanet dejó las estrofas y largó alguna frase que demuestre un atisbo de humanidad en ese cantar casi automático. “Muchas gracias por venir”, exclamó. Luego agregó “Alguien dijo que los padres que vinieron a querer suspender el show habían fracasado. Yo creo que la noche del 30 de diciembre de 2004 perdimos todos.” Y, como en todas las veces que habló, lo envolvió una ovación.

Así, Callejeros, con su mezcla de rock barrial y reggae, y su esencia rioplatense, mantuvo el nivel de euforia que no bajó en ningún momento durante las 2 horas exactas de show. Ni siquiera cuando tocaron los temas no tan rocanroleros. En la pantalla, intercalado con mensajes del gobierno municipal y provincial, se leía: “A los invisibles, por siempre”, en referencia a los seguidores de la banda, víctimas del incendio de Cromañón. Tampoco el recuerdo se transformó en tristeza, que no tuvo lugar sino solamente en las lágrimas y los abrazos de algunos sobrevivientes y familiares que viajaron especialmente para presenciar la vuelta del grupo, luego del incendio en Once.

El momento de agite más alto fue cuando el hit del verano ’05, “Una nueva noche fría”, sonó. En ese momento los saltos se apoderaron de los pies que llenaban el campo y las plateas de una manera tal que se movían hasta aquellos que no querían hacerlo. Así, Callejeros recorrió en la lista de 24 temas, todos sus discos. Y a media hora de terminar, se abrieron las vallas para que cientos de pibes se sumen al pogo.

A la hora de los bises, luego de algunas intervenciones del cantante, en un punto en el que cualquier otro recital se va opacando, esta presentación iba levantando. Cada vez más. Cuando fue el receso, Callejeros se bajó del escenario, sus integrantes se dieron un abrazo infinito y volvieron al ruedo. En los últimos temas Fontanet quiso apurarse: “vamos, vamos que nos vamos”, dijo el cantante.  Se acercaban las 19 horas y el tiempo estimado para el espectáculo se agotaba.

El primer día de la primavera se esfumaba. El sol que había iluminado el pobre escenario ubicado extrañamente a mitad de la cancha, ya lo estaba tapando. Entonces el sonido, torturado toda la tarde por el viento, destelló “Imposible”, un nombre que refleja lo pensado tanto por la banda como por su público ante un lejano retorno del grupo. Pero lo imposible era un hecho consumado: Callejeros, una banda tristemente célebre, había vuelto a tocar. En Córdoba, lejos de la prohibición porteña, en un recital (el de mayor convocatoria de su historia) que no pudo, o no supo, satisfacer las emociones ni las expectativas artísticas que se esperaban en un regreso tan sobrevaluado como intenso. 


La lista de temas

Señales
El nudo
Cristal
No somos nadie
La llave
Los invisibles
Jugado
Presión
Puede
Si me cansé
Una nueva noche fría
Fantasía  y realidad
Rompiendo espejos
Sed
9 de julio
Callejero de Boedo
Sonando
Ojalá
Rocanroles sin destino
Sueño
Ilusión
Imposible

 


Qué se dijo

Patricio Fontanet, cantante de la banda, ha oficiado como vocero en cada oportunidad que quiso. Así, muchas veces se percibió que sus palabras a los medios –en un léxico bastante limitado- eran el reflejo de su antojo por hablar (muchas veces ante los medios menos idóneos para tomar el tema) y no por establecer una política concreta ante la tragedia más grande en la historia del rock argentino y que atravesó Callejeros.

Es completamente comprensible que el grupo exprese su necesidad laboral. También lo es el desconocimiento de la falta de seguridad que originó el hecho nefasto sucedido en Cromañón, porque no es deber del músico realizar tareas que le corresponden al Estado. Pero no se puede ni se debe tolerar la falta de conciencia en su rol de comunicador arriba del escenario. Ni optar por aplaudir ciegamente cada palabra que el front-man arroje y perder el sentido crítico.

Entonces, cuando un Fontanet en una postura lógica, como la que tuvo al comienzo del recital, indica que “en la noche del 30 de diciembre de 2004 perdimos todos”, no se lo puede ovacionar cuando hacia el final del recital, con gritos desesperados, grita eufóricamente: “gracias a todos (los que fueron parte del show) y a los que no, chúpenla por caretas". O cuando afirma que “tanto los chicos que estuvieron ahí como nosotros necesitábamos esto”, para luego desafiar a quién sabe y preguntar: “¿Alguien pensó que un embargo debilita a una banda de rock?", en alusión a las medidas tomadas por la Jueza Crotto, que entiende en la causa del incendio.

 

Ahí vamos

La gordita no paraba de moverse, segura que muchos ojos se posaban en ella y que al abrir los brazos y gritar las letras, lo harían también los del cantante. No fue la única en la tarde del 21 que se subió a los hombros de algunos gentiles caballeros de toppers. Es algo que suele suceder en las bandas del palo. Pero ella agitaba una bandera con orgullo. No porque fuera celeste y blanca, sino porque decía “Jujuy”, la ciudad desde donde viajó para estar en el regreso de Callejeros en Córdoba. Como ella, muchos otros viajaron. De hecho, la característica cadencia esdrújula no era una melodía que abundara entre el público del estadio. La mayoría eran seguidores provenientes de Buenos Aires, pero también los había de Rosario, Santa Fe y otras ciudades del país. Algunos más, otros menos, pero todos con la certeza de que había que estar en semejante ocasión.

 


En el campo, las estrellas

No faltaron –se podría decir que sobraron- los intentos idiotas por robar protagonismo en un campo que, durante las 2 horas que duró el recital, buscó incansablemente ser un espectáculo aparte del show. Se abrían los círculos para volverse a cerrar luego en un pogo frenético que bien podría haber sido producto de la alegría que provocaba la vuelta de Callejeros. Si no fuera porque parece que en su afán por llamar la atención, abusaron de los hábitos propios del público de bandas de este rock que quiere compartir algo que le es inherente a su condición de banda.

 

La noche más larga de la historia. 

Lautaro e Ignacio son sobrevivientes de Cromañón. Sus remeras amarillas, como las del resto de los pibes que los acompañan, dicen “Basta de culpar a Callejeros”. Vinieron desde Capital en un micro que los trasladó especialmente al show. “Una vez que se terminaron todos los obstáculos –en referencia a las acciones de algunos padres de víctimas y a las de la Jueza Crotto- y que logramos llegar hasta acá, es raro todo. No es felicidad, ni dolor. No se puede explicar”, afirma Lautaro, que con sus 19 años habla con la seguridad de un señor. “En vez de entrar al recital, vamos a salir de Cromañón”, asegura. Y luego agrega que “hay gente que no entiende que esto no es un capricho. Nosotros los sobrevivientes tenemos la necesidad de cerrar esa noche y retomar nuestras vidas porque seguimos viviendo adentro.”

Ignacio, por su parte, es más reservado y mientras Lautaro, su amigo de la primaria, habla, él mira el horizonte. O el Estadio que alguna vez fue un deseo y ahora es unos metros de distancia. Cuenta que todavía le quedaron algunas secuelas “cuando voy en un colectivo lleno, siento que me falta el aire”, que sigue yendo al psicólogo y que poco se ve con otros grupos de sobrevivientes, fuera del grupo de amigos con el que fue al recital más triste de la escena local. “Esto es increíble. Terminar esa noche va a ser duro, pero es lo que necesitamos”, asegura.

Mientras tanto, Juan, Natalia, Leandro y Carlos vinieron desde La Boca. La ansiedad por entrar los hace dudar si se quedan a responder o enfilan para continuar con el tedioso camino de ingreso. Finalmente deciden contestar brevemente y seguir el camino: “Estamos con ansias desde que nos enteramos. Entrar, escuchar y verlos cantar es algo que necesitamos- dice Natalia- esperamos que salga todo bien hoy y que vuelvan a tocar en todos lados. Porque hicimos todo el viaje, pero mataría que los dejen tocar en Buenos Aires, como antes”. Y luego Leandro agrega: “Callejeros no tuvo la culpa de lo que pasó. Cómo me pueden explicar que en ese lugar, donde ya había habido  fuego, una bengala llevó a lo que todos sabemos. Alguien tendría que haber clausurado ese lugar”, en un claro reclamo a un Estado que dejó huérfanos a cientos de jóvenes en esa noche que aquí vinieron a cerrar. 

 

La seguridad

Paradójicamente, cinco fueron los puntos de control por parte de distintos tipos de seguridad. Como una carrera de postas, se sorteaban los puestos en los que el nivel de requisitos a cumplir era cada vez más alto. Los encargados parecían provenientes de aeropuertos europeos y sus negativas se presentaban ante elementos ridículos. Fibrones, cargadores de celular, estuches de anteojos, además de los encendedores y los desodorantes de siempre, se apilaban entre puesto y puesto como un recuerdo del paso por el camino al recital.

El otro lado de la seguridad, parecía sarcasmo. Carteles gigantes que decían “Salida de emergencia” y abajo una flecha enorme también. Un helicóptero sobrevolando el estadio, bomberos y agentes de salud con la actitud de un gato al acecho; expendedores de panchos con pecheras que indicaban que eran vendedores autorizados, aún con la ausencia de controles bromatológicos; inspectores de todos los colores. Todo para ir a la caza de pibes que sólo presenciaban a una fiesta de rock.

 

El oficio oscuro

El trato con la prensa, si bien se correspondió con la forma en la que la banda se manejó desde un principio, fue de un nivel desastroso. A excepción de algunos integrantes de la organización que pusieron todo su empeño por resolver la logística de la mejor manera posible, el resto dejó mucho que desear. La falta de información sobre las acreditaciones, los fotógrafos a 200 metros del escenario y la ausencia de organizadores que respondan a la demanda de elementos imprescindibles para la cobertura de un espectáculo de estas características demostraron que Callejeros pide para sí aquello que en los demás no respeta: trabajo.

 

Lo que viene

Se dieron a conocer dos nuevas fechas de Callejeros: una será en La Rioja, el 13 de octubre y en Chaco en diciembre, correspondientes a la búsqueda de la banda por retornar a los escenarios, al margen de su situación judicial.

 

A título personal

La noche del 30 de diciembre de 2004 será una de esas noches que se tatúan en la memoria. Uno se graba lo que estaba haciendo en el momento en que sucedió un hecho tan trascendente. Esa noche yo estaba con unos amigos en un bar. Cuando me enteré lo que había pasado no pude, como tantos otros, mantenerme impermeable al dolor.

El rock ha sido mi mejor amigo desde los comienzos de mi adolescencia y eso es lo que me lleva a escudriñar en este mundillo que me apasiona tanto. Callejeros había estado sonando mucho en el 2004. Y no me refiero a sus canciones, sino al secreto a voces que se propagaba sobre los pibes de Villa Celina, con su rock barrial y el parecido a los grandes ausentes en la generación 00 de la escena local: Los Redondos.

Luego de la tragedia, fui a algunas marchas que se realizaron en la ciudad. Recorrí el cemento en el verano del 05 y me calcé la remera de la banda, porque sostuve –y sostengo- que el grupo no es culpable de lo sucedido. En cuanto noté que la unión no iba a ser una de las virtudes que caracterizarían al conjunto de afectados (léase sobrevivientes, familiares y amigos de víctimas), preferí ausentarme a los recorridos que unían Once con la Plaza de Mayo.

En abril pasado, cuando trascendió que la banda se iba a presentar en Tucumán, deseaba estar en ese regreso. Primero por principios y segundo porque lo sentí parte de mi compromiso con la pluma. Por eso, cuando se suspendió aquel, me prometí estar cuando fuera un hecho.

Viajé a Córdoba dispuesta a mantener la objetividad que el periodista debe procurar a la hora de narrar un acontecimiento. Esa fue la razón que me llevó a pensar, repensar y volver a pensar esta nota, crónica de un regreso tan deseado por Callejeros como por su fiel público.

Hubo algunos detalles que no pude obviar, como el escenario desnudo y el sonido defectuoso. Otros sí quedaron afuera, como mencionar a un público que en todo momento brindó su apoyo incondicional (o inconsciente) y un cantante que no se pone de acuerdo con sí mismo y no alcanza a representar el lugar que debería. Entonces cuando la jornada queda atrás y se comienza elaborar un balance, se establecen puntos que debo mencionar desde mi opinión personal.

Considero que esta vuelta a las tablas estuvo favorecida por el tironeo político existente en la provincia que alguna vez fue un refugio mental para la banda y no comprendo la sed de venganza por parte de algunos familiares de víctimas de Cromañón, que se adueñan de juicios que le corresponderían a un Estado responsable. De hecho las diferencias entre las posturas de padres, algunas fundamentalistas e inconducentes y otras más comprensivas que delimitan claramente el rol de cada uno de los actores en la tragedia no han hecho más que entorpecer la tarea de la justicia, que en este caso intervino con la rapidez que se merecía. Sigo sin poder entender el deseo por parte de los sobrevivientes de volver a vivir una situación nefasta. Todas son aristas que forman el contexto de este regreso.

Debo confesar que esperé una atmósfera un poco más espesa en una ocasión con las características que tuvo este retorno. Los chistes que hacía el cantante sobre su sobrepeso, los comentarios sobre el clima, la extrañeza sobre tocar de día, entre otros dichos, no eran precisamente las palabras que creía que iban a pronunciarse. Las contradicciones que tuvo Fontanet al arrancar con un discurso conciliador y cerrar con una provocación (ver Qué se dijo), sumado a ese aplauso compulsivo por parte del público, me hacen dudar sobre el valor que tiene la muerte.

Por otro lado, me parecía un desacierto la insistencia en impedirles que realicen aquello que eligieron su trabajo. Un músico es tan trabajador como un ingeniero, un maestro o un periodista. O más, porque en el reino del revés, las bandas del under tienen que pagar para tocar en la mayoría de los lugares.

Mientras tanto, los medios no especializados en el género no dejan de sorprender. Una espera sigilosa, una guardia periodística inédita y los titulares de los días siguientes son parte del carnaval que definieron a los 21 meses siguientes a la tragedia: “Callejeros tocó sin incidentes”, como si el espectáculo de rock hubiera sido una decepción y no el cierre de un duelo de 600 días y ninguna noche. Sin mencionar la opinión de aquellos que nada tienen que ver con este, nuestro dolor más profundo. Juan Carlos Blumberg discutiendo sobre el tema, es el colmo del micrófono matero.

De aquí en más, el futuro –como siempre- es incierto. Los grandes festivales se seguirán haciendo y los únicos beneficiados son los mismos que antes: aquellos que pueden. Que pueden habilitaciones en regla o pagar una coima. Sólo 2 shows están programados para la banda. Esperemos que haya paz, tanto desde el público como desde esas otras partes que deben colaborar en este proceso en el que la justicia decidirá quiénes son culpables y en el que la totalidad de los que fuimos público de un recital de rock, somos responsables. Y que así, entre todos, logremos que Callejeros no supere a Cromañón en nuestras memorias.

Para finalizar, afirmo que no es este el espacio ni el momento de establecer juicios de ningún tipo. Ni es esta cronista quien deba hacerlo. Simplemente evalué necesaria la inclusión de algunos puntos que no se correspondían con la objetividad que la información periodística se merecía, pero que no pueden quedar afuera en el texto que relate la jornada del 21 de septiembre de 2006 en Córdoba.

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