Revista El Bondi - 15 AÑOS DE ROCK
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Personal Fest

La gran bestia pop

Cronista: Gentileza: Nadia Mansilla | Fotos: Gentileza: Prensa

17 de Noviembre, 2006

La gran bestia pop

El Personal Fest prometió demasiado y cumplió con casi nada. Aquí el testimonio de la primera jornada en el Club Ciudad de Buenos Aires.

Organizado por tercer año consecutivo por una compañía de celulares y otra de telefonía móvil, el Personal Fest prometía una programación de primer nivel, con las mejores bandas y DJs, repartidos durante el viernes y sábado pasados. Para inflar dicha promesa, durante los días previos a las jornadas previstas para el Club Ciudad de Buenos Aires los nombres de las visitas internacionales invadieron cuanto medio de comunicación posible con el objetivo de convencer que dicho festival sería el mejor en la historia de la humanidad. Aquí vamos a tratar de decir porqué no fue así, al menos durante la primera parte.

Es viernes a la tarde en la ciudad de Buenos Aires. La extraña mezcla que se produce en las calles porteñas, suma de pueblo y megalópolis, provoca un efecto nocivo los viernes a la tarde en sus habitantes y transeúntes. Es un pésimo momento para hacer cualquier cosa. Cualquier cosa. Sobre todo viajar en colectivo hacia la dirección norte, por la misma avenida que lleva hacia más allá de la General Paz. Pero lamentablemente no hay un helicóptero especial para este tipo de inconvenientes que no hacen más que generar un concierto de chistidos arriba del transporte público. Entonces no queda más que esperar que el bendito automotor llegue a destino, sorteando las trampas del cemento.

Una vez arribados al paquete Club, ingresar es otra empresa. Pero si algo se le puede reconocer al Personal Fest es que acceder fue mucho más sencillo de lo que puede ser generalmente entrar a este tipo de eventos. Así que, pulserita celestial en muñeca, y ahí vamos. Predispuestos a recibir lo prometido, y una vez cruzada la entrada, uno, dos, tres metros y una carpa. Atestada de rubias con el culo de concreto y la sonrisa tatuada entregan unas credenciales VIP. Se trata de las VIP pulenta. Pulenta, sí, con U. Las VIP de veras, exclusivas para ese tipo de personas que uno se imagina cuando evoca a la idea de una persona VIP. Personas que optaban por disimular los colgantes entre sus ropas. Más allá, y con una cintita más berreta, con un cartón más finito estaban las VIP de mentiritas. Sus dueños las mostraban orgullosos, eso sí. Una escena digna de Wayne’s World. Un detalle, creímos.

Más adentro, a la espera de escenarios con esos artistas de primer nivel, no encontramos más que pequeños locales de cualquier cosa que sea comerciable. Algo que no suena ilógico. Después de todo hasta aquel que hace rastas en Plaza Francia es comercial/comerciante. Pero cuando el criterio es tan amplio a la hora de decidir qué se va a ofrecer, sinceramente asusta. Tecitos bajativos, cortes de cabello con peluqueros top, remeras insípidas, etc Y media hora para comprar una hamburguesa, porque 4 personas intentaban saciar el hambre de unas 100. Podría ser peor, creímos.

Luego, los escenarios como escondidos. Sobre todo aquellos en los que estaban bandas del circuito palermitano, cuyas contadas seguidoras parecían fotocopiadas: flequillo, camiseta, lunares o rayas y celular en mano. No lo soporto, Rosal, Estelares, por mencionar algunas de las que mejor representan la escena local de la languidez. Luego otros músicos como… como… Bueno, estaba Dante Spinetta. Momento. ¿Está tan bueno lo que hace Dante Spinetta? Sí, en realidad sí. No seamos crueles. Además también estuvo Árbol y La Portuaria. ¿Podría ser peor?, nos preguntamos.

El sonido como fugado. O con sed de mayor protagonismo. Entrada la noche, en el escenario principal estaba tocando Madness. Madness, ¿entendés? Y el público no hizo más que saltar un poco sólo cuando tocaron “Our house” o “It must be love”, cuando en realidad se trataba de un show muy bien armado, de excelente calidad, aún pese a las fallas técnicas que fueron sobrellevadas con mucha gambeta por los precursores del ska británico. Pero evidentemente, quienes más pagan una entrada son los que menos piden y para entonces sólo los impacientaba la presencia de Black Eyed Peas. Herejes, dijimos, no saben lo que se pierden, pensamos.

A las 22.30 en punto salió Black Eyed Peas. La seducción de Fergie, la única mujer en el cuarteto del grupo, es una atracción irresistible. Se la ve en la tele y hace pensar que está hecha de dulce de leche con menta: una combinación de belleza y agresividad tan equilibrada como fatal. Fergie junto a Will I Am, Apl de Ap y Taboo  forman una banda de ¿hip hop? con letras ocurrentes. Algo así como la versión norteamericana de Los Decadentes, con Cucho como una perra y un tercio de sus integrantes. Claro que el proyecto tiene como característica la unión de diferentes culturas. Una rubia, un negro, un latino y un filipino cantan sobre la cotidianeidad marginal norteamericana. Una unión que contraría a la lógica migratoria yanki, pero que en sus 2 discos se refleja en ritmos pegadizos y letras por lo menos graciosas, que a veces aspiran a un compromiso un tanto liviano. Esto se va a poner bueno, dedujimos.

“Hey mama”; “Disco Club”, “Don’t lie” y antes de media la hora de show ya habían pasado unos 5 temas. Rápido no es lo mismo que al hilo. “Shut up”, con una escenita de la rubia simulando lágrimas de cocodrilo que descolocó a más de uno; “Pump it” y  “My humps”. Hits, nada más y nada menos. Pero ¿no se trataba de un festival de primer nivel?, nos preguntamos.

“Ustedes saben que saqué mi nuevo disco –dijo Fergie en inglés, e inmediatamente después apareció la tapa del mismo en las pantallas- ¿Quieren escuchar el primer single?”, preguntó. A esa altura, la demagogia ya había estado más que presente y tanta emoción por el concierto que estaban dando se merecía un retorno. Así que el coro popular exclamó un sí que trajo a 2 bailarinas para que sonara el bendito single. “Ay, me muero, mirá qué linda que es. Me muero, ¿entendés? Me muero. Sólo me falta ver a Shakira y ya me puedo morir tranquila”, se escuchó en el campo. Para entonces ya estaba todo dicho.

Faltaban todavía algunos puntos como el apelar a los celulares cuales encendedores de este siglo; la re manida promesa de un retorno; el aire a final desde mediados del concierto, como para agitar más los ánimos en un público que se parecía más al naufragio del Titanic que al de un show. Una vez cumplidos esos lugares comunes en las estructuras de los grupos extranjeros, sólo faltaba el último y más concentrado tema, para cerrar: “Started”. Eran las doce de la noche en punto. Muchas gracias y hasta luego, podrían haber dicho. Pero ni siquiera. ¿Esto era?, nos indagamos.

En resumen, una primera jornada que más que una serie de shows con agregados se trató de un shopping con música funcional en vivo. Un festival cuyo criterio artístico quedó en segundo plano, algo evidente en el tipo de público que asistió creyendo que los lugares en el campo son tan exclusivos como una platea de la cancha de polo. Carente de buen sonido, propuestas novedosas y expresiones artísticas sin contenido, un festival que demostró que no todo lo que brilla es oro.

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