Revista El Bondi - 15 AÑOS DE ROCK
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Roger Waters

Dos noche...dos

Cronista: Gentileza prensa | Fotos: Beto Landoni

17 de Marzo, 2007

Dos noche...dos

El Bondi no escatimó en esfuerzos y visito 2 veces la cancha de River para traerte todo lo que paso en estos 2 gloriosos dias. Pasen y lean

TRANCE LUNAR (Dia Sabado)

El sábado el Monumental fue testigo de un acontecimiento histórico. El show de Roger Waters fue algo más que un concierto de rock. Tratando todavía de salir de la hipnosis general, El Bondi te acerca la cobertura de la primera de las dos fechas.


¿Puede un viejo de 63 años estremecer a miles de personas? ¿Puede la música transportarte a un viaje a través de la mente? Sí. Sí puede, aunque no todos tienen ese poder. Sólo Pink Floyd (o sus canciones) pueden lograr que más de 50.000 personas queden atónitas por más de dos horas. El sábado 17 de marzo de 2007 quedará grabado en la memoria de todos los presentes en el estadio de River Plate.

Antes de comenzar el show, desde la pantalla principal se podía observar una botella de whisky y una vieja radio. Así, inmóvil, estuvo la imagen por largos minutos hasta que apareció una mano que prendió la radio y comenzó a sintonizar la música que se reproducía por los parlantes del estadio. Sonaron clásicos de rock como “Johnny Be Good” de Chuck Berry, que sirvieron para calentar un poco a la gente.

Cuando las luces se apagaron, todo fue adrenalina. Algo histórico estaba por comenzar y todos lo sabían. “In the flesh” fue el primer tema como en ese disco de 1979 llamado The Wall. Los aplausos del público daban la bienvenida a un Roger Waters que lucía de impecable traje negro y el mismo pelo de siempre aunque, claro está, con más canas que antes.

Luego de un comienzo bien eléctrico, “Mother” fue la siguiente y Roger tomó su acústica para entonar esa bella canción que reproduce las preguntas existenciales que le hace un hijo a su madre.

¿Alguien recuerda a los primeros Floyd? Bueno, por si la memoria fallaba, en “Set the control for the Heart of the Sun” las fotos de la banda a fines de los `60s sirvieron de ayuda memoria. Mucha psicodelia mezclada con sonidos árabes y la importante presencia del órgano y la flauta. Imposible no recordar ese mítico concierto en las ruinas de Pompeya.

El año pasado falleció el fundador de la banda, Syd Barret, y su amigo no quiso dejar pasar esta oportunidad para rendirle un merecido homenaje. Para esto, sonó “Shine on you crazy diamond” con filosos punteos de guitarra y cambio de ritmo incluidos. En la pantalla se mezclaban imágenes de Syd y del Universo.

En “Have a cigar” se hizo sentir por primera vez en el show, el famoso sonido cuadrafónico del que tanto se habló. Ahora sí, la música floydiana encerraba a todos los presentes por los cuatro costados de la cancha.

Luego de este tema, volvió a aparecer en la pantalla la radio y la mano de un tipo. Nuevamente el dial fue movido y así comenzó a sonar “Wish you were here”. Las luces de los celulares se prendieron y, aunque Roger hizo lo que pudo, quedó en evidencia que ya no puede cantar este tema como tiempo atrás. ¿Pero quién se puede oponer a escuchar ese hermoso clásico?

A continuación sonaron cuatro temas antibélicos. Una obsesión que tiene Waters y que no es nada nuevo. Algo que quedó demostrado en “Southampton Dock”, “The Fletcher Memorial home” y “Perfect sense”. A estas se le sumó una historia basada en un viaje que hizo el bajista a Medio Oriente en su juventud (“Leaving Beirut”). Por las pantallas se podía seguir la letra y la historia aparecía retratada en viñetas de historieta.

A esta altura el show seguía creciendo en emotividad, creatividad y sonido. Hasta que apareció el cerdo volador de “Animals”.  “¡Sí, lo trajo!” fue el comentario de todos. “Sheep” sonaba y el público seguía al cerdo mientras surcaba el cielo de River y llevaba impresos graffitis como “Encierren a Bush antes de que nos mate a todos” o “Nunca más desaparecidos”. Para coronar esto, dos llamaradas gigantes salían de los costados del escenario. Sublime. Final de la primera parte.

Luego de un intervalo de quince minutos llegaría la gran emoción de la noche. La presentación de Dark side of the moon (1973). ¿Qué? ¿Vino a presentar un disco de hace más de treinta años? No, amigos; vino a tocar una obra de arte que trasciende el tiempo. ¿O existe otra manera de denominar a esas diez canciones que elevan el alma y expanden la mente a otra dimensión? Esta parte del show fue eso, todos los temas y en el mismo orden que en el álbum. Pero no se confundan, no fue lo mismo que poner el disco y escucharlo en sus casas. Esto fue otra cosa. Los latidos que abren “Speak to me” se sentían bien adentro, taladrando la cabeza. Las bellísimas “Breathe” y “Us and Them” emocionaban hasta al más duro de los hombres. Los relojes en “Time” sonaban por todo el Monumental como si fueran bombas a punto de detonar.

¿Y qué se puede decir de “Money”? Aunque no la cante Waters y lo haga uno de sus guitarristas, a ese tema no hay con qué darle. Ese riff histórico de bajo, pero ahora en vivo. Sin palabras.
Para el final de este set todavía quedaba una sorpresa. En los últimos tres temas comenzó a bajar del techo del escenario, una pirámide que proyectaba luces con los colores del arco iris. Imposible no pensar en la tapa de “Dark Side...”.

Con “Brain damage” y “Eclipse” llegaba el final del set. Después de eso todo lo que siguiera parecería ser más que un regalo del cielo.

Y parecía que el señorito inglés tenía ganas de regalar un poco más de talento y arrancó la última parte del show con “Another brick in the wall” junto a los chicos del Instituto River Plate haciendo coros. El estadio parecía derrumbarse ante cada estribillo y el clásico “We don´t need no education”.
Ya se sabía que todo estaba terminando y rápidamente pasaron “Is there anybody out there”, la casi a capella “Vera” y “Bring the boys back home”.

El gran final se predecía y Waters lo confirmó al comenzar “Comfortably Numb”. Cantada por el guitarrista Andy Fairweather-Low, el tema sirvió para que nadie se olvide que Pink Floyd está más vivo que nunca y que nada borrará su obra. Emoción es muy poca palabra para describir lo que se vivió en este final. Cerrando los ojos, muchos imaginaron en ese mismo escenario a David Gilmour, Richard Wright y Nick Mason junto a Roger. Algo prácticamente imposible de que pueda ocurrir en esta vida y sobre todo en estas latitudes. Pero dicen que soñar no cuesta nada y eso fue el show de Waters: un gran sueño hecho realidad.

La primer noche del ex bajista de Pink Floyd estuvo a la altura de las circunstancias aún superando la expectativa de algunos. Un memorable concierto que más de 50.000 personas llevarán en su mente el resto de su vida. Un show que será comentado de generación en generación.


El lado oscuro del show

Si algo podía opacar un poco este show, era el invento argento del “Campo Trasero”. Es decir, de la mitad de la cancha para atrás, todos parados, de la mitad para adelante, el famoso VIP. Si querían hacer esto para ganar más plata y dividir un poco más el precio de las entradas, ¿no hubiera sido bueno que también piensen en que  el escenario debía estar un poco más alto para que todos observen correctamente? 120 pesos es un precio razonable para que alguien se hubiera dignado en pensar en eso. Salvo que la estatura promedio del público haya sido de 1.80 metros, nadie pudo observar casi nada. Claramente la avivada está en que los que compraron “campo trasero” la próxima se animen y compren su entrada VIP porque de ahí seguro van a ver bien. Un curro más y van…

TXT: Christian Alliana

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SIN PAREDES EN EL MEDIO (Dia Domingo)

Roger Waters volvió al país y la gente se desesperó, escuchó, aplaudió, cantó y la pasó bien: el señor sigue afinando y cantando temas de Pink Floyd.

No hay lugar común más grande en el rock que un fanático borracho de Pink Floyd. Esos que, pasados de fernet, discuten todo y a todos que su banda fue la más grande de la historia del rock. Son más insistentes que los de Queen, y la pelean con los de los Beatles. Ellos tienen la razón, siempre: Gilmour es y será el mejor guitarrista, Rick Wright el mejor tecladista, Nick Mason el mejor baterista y claro, Roger Waters la mejor voz y lírico de todos los tiempos.

Alrededor de 50 mil de esos apasionados se concentraron en el estadio de River Plate para presenciar la segunda visita de Roger Waters al país. Nadie se lo quería perder, tienen cita agendada desde su confirmación allá por diciembre, cuando faltaba muchísimo para que llegue el sábado 17 de marzo del 2007.

En casos extremos, de puro fanáticos, exagerados o precavidos paranoicos, muchos llegan al estadio seis horas antes, a cuidar la valla, a hacer una gran previa o, ya avivados, a estudiar los mejores lugares para verlo, creando así, un mini simulacro en el campo trasero probando todos los puntos de vista de un lugar complicado debido a la media cancha que quedó para el sector VIP. Para minutos más tarde, quizás horas, llegar a la conclusión de que el mejor lugar es atrás, en la platea, al fondo, lejos; pero sentado y cómodo.

Una pantalla mostraba una gran botella de Whiskey y una radio antigua. Un sondeó demuestra que el 62 por ciento de los asistentes denominados “Campo Trasero”, creyeron que era una maqueta, y que la botella en cuestión era de plástico, hasta que una mano se movió y encendió la radio: “¡La maqueta se mueve!”, se desesperó uno. Acto seguido las luces se apagan, el alarido correspondiente y las luces alumbran River Plate: In The Flash golpea la puerta. La gente, todavía incrédula, aplaude, no sabe qué hacer, no se le ocurre otra cosa qué hacer, siguen tontos, enloquecidos, contentos.

Sin previo aviso, Waters agarra la guitarra y canta Mother. Nadie la esperaba tan rápido, tan de golpe, tan exagerada. El estadio escucha y tiembla: “Of course mama's gonna help build the wall”. Todos recuerdan la película, cada oración, cada aumento de voz y cada respuesta de su madre, interpretada por las vocalistas Katie Kissoon, Linda Lewis y P.P. Arnold.

Todo comienzo es tan emocionante como el final, en los silencios entre tema y tema, se espera ansioso otros clásicos: Set the Controls for the Heart of the Sun, de “A Saucerful of Secrets” y Shine On You Crazy Diamond (Parts I – V), del conceptual “Wish You Were Here”, emocionan y por momentos hacen extrañar a David Gilmour (guitarrista de Pink Floyd), más por nostalgia y capricho que por desprestigiar a un correcto Snowy White. En Have a cigar, Waters grita, ladra. En Wish you were here suspira. Hay magia en el lugar, se siente. El público escucha, se deja llevar.

Le siguen dos temas de su comienzo como solista dentro de Pink Floyd: Southampton Dock y The fletcher Memorial Home, de “The Final Cut”. De cuando los egos chocaron, las peleas rompieron todo y Waters decidió hacer el disco él solito, sin comentarios ni consejos. Caprichoso, héroe, garca, o lo que fuere, es tema de discusiones, insultos y/o trompadas entre esos fanáticos que miraban atentos cada arreglo, cada escala, cada imagen.

Un show distinto, que combina tecnología audiovisual con sonidos surround, creando el ambiente justo, pensado para aquellos que pudieron pagar los cuatrocientos pesos del sector VIP y estar sentados en las primeras filas, sin la necesidad de soportar dos horas y cuarenta minutos en puntas de pie tratando de distinguir a Waters, o estar sentado lejos y concentrado en ver un punto vestido de negro que se parezca a él. Pese a eso, todos quieren escucharlo y cantar esas canciones que acompañaron una adolescencia. Nada más. Para eso están ahí.

La primera parte se termina, queda Sheep, de otro disco conceptual como “Animals”. El secreto ya se sabía, pero la sorpresa funcionó igual: el chancho gigante voló por todo el estadio con frases como “¿Dónde está Julio Lopez?. Nunca más desaparecidos”, “Videla, Galtieri, Bush, Tatcher: todos dan asco” o “El miedo construye paredes”, mientras la canción suena de fondo, con guitarras fuertes y viejas, con Waters gritando a sus 60 años cosas que decía de joven.

I’ll see you on the dark side of the moon

Una caja registradora anuncia el comienzo de lo esperado. Ellos salen, el público aplaude. Las luces se prenden y un grito desesperado se mezcla con Breath. Las emociones son muchas. Al igual que el disco, un show conceptual: mismos sonidos, mismos efectos, mismos detalles. Es cerrar los ojos y estar en la cama de la casa de los viejos, con una mujer desnuda y transpirada, escuchando The great gig in the sky e imaginar a esa negra cantar, sin saber que en realidad era blanca. O estar con amigos, prender inciensos y tener los primeros cuelgues de la adolescencia con On the run. La nostalgia se siente, nadie habla, todos escuchan con una sonrisa en la cara o con los ojos cerrados imaginando alguna cama.

Uno al lado del otro, como si ellos no estuvieran con nosotros, como si realmente nada ocurriera, las campanadas son fuertes, retumban en todo el estadio mientras un bajo y una gran batería introducen  a Time. Waters canta, grita. Una guitarra se ilumina, la gente escucha atenta. No felicita, solo mira un poco de rock and roll lleno de guitarras, batería segura y fuerte y un bajo que sube y baja por todas las escalas.

La gente aplaude. Palmas arriba, bien arriba. Todos asienten y sonríen: le siguen Money y Us and Then: vuelven las habitaciones, el colegio, las resacas, las mujeres, las anécdotas. Todo está ahí, frente a los ojos ya cansados del esfuerzo de enfocar a un lejano Waters. Se decide mirar menos y escuchar más. En el cielo hay nubes, no llovió como todos creían, no está fresco y Waters canta como en los setenta.

Los lasers recorren el estadio, la pantalla dibuja psicodelia, el prisma de colores no deja de girar y los ojos se pierden de vuelta. Las risas salen por todos los rincones. Hay silencio, solo se escuchan las guitarras de Brain Damage y Eclipse. Waters eleva la voz, parece despedirse, grita, se desespera.
 

El gran final

“All in all it was all just bricks in the wall
All in all you were just bricks in the wall”

Pocos lo pronuncian bien, pero lo gritan todos, con fuerza, con ganas. Waters no se puede ir sin un poco más de The Wall, es necesario y casi obligado toca el gastadísimo pero excelente Another Brick In The Wall, que sonó luego de una excelente introducción de The Happiest Days of Our Lives. Los aplausos imitan esa base disco a cargo del baterista Graham Broad, mientras Waters canta y los niños del coro del club River Plate gritan esa famosa frase.

Is There Anybody out There, Vera y Bring the Boys Bach Home, no dejan de emocionar: es el comienzo del gran final, un final esperado y obvio con Confortably Numb, con ese recordado solo de Gilmour, interpretado, una vez más, prolijamente por White. “There is no pain, you are receding”, corean todos, con fuerza, como si fueran fanáticos, a veces borrachos, a veces insoportables.
 
Final inglés para un señor inglés: “¡Good bye and thank you Argentina!”. Correcto y a horario, Waters se despide entre aplausos desesperados. Las luces se prenden y la gente corea y se retira contenta: ya lo vieron, ya lo escucharon, ya pueden volver a esa mesa llena de amigos para volver a defender hasta el cansancio, ahora con más argumentos que antes, al cantante de su banda favorita.

TXT: Sebastian Barrera

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