Revista El Bondi - 15 AÑOS DE ROCK
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Quilmes Rock

No tan distintos

Cronista: Pablo Andisco | Fotos: Beto Landoni

12 de Abril, 2007

No tan distintos

Y un día, Sumo volvió a tocar. El día 1 del Quilmes Rock 2007 volvió a reunir a aquellos compañeros de ruta que sacudieron la escena rockera de los primeros 80. Una jornada pretenciosa, con muchas bandas convocantes y demasiados problemas estructurales que pasó, inevitablemente, a la historia.

Apenas finalizado el potente set de Divididos, Ricardo Mollo y Diego Arnedo jugaron tres veces con la intro de “Next Week”. Y todos los presentes supieron que la ilusión que había nacido ni bien se conoció la grilla y que con el tiempo fue tomando forma de rumor pasaba a ser realidad. Entonces volvieron al escenario Germán Daffunchio y Alejandro Sokol, y se agregaron Roberto Pettinatto y su overol naranja y Superman Troglio, “El baterista escocés”. “Quisiera presentarlos, pero no creo que haga falta”, dijo Mollo. Los seis músicos se saludaban, sonreían y discutían qué tocar. Un comienzo fallido los devolvió 25 años en el tiempo “Siempre fue así”; dijo Mollo. “Es verdad, nunca nos entendimos”, contestó el Bocha. Ellos se alternaron las voces. El riff marchoso de “Crua Chan” hizo estallar River. Le siguieron “Divididos por la felicidad” y “DeBeDe”, en veinte minutos caóticos, emotivos, inolvidables. Sumo ante 40 mil personas, en el 2007. El momento rockero del año y la ilusión por lo que vendrá.

Pero antes hubo un festival, y veinte minutos antes de lo previsto, Bad Religion inició su show con “American Jesus” y durante casi una hora y media, desplegó su artillería de punk y hardcore con la que recorrieron sus 25 años de carrera a pleno sol. Los californianos se dieron el gusto de estrenar “Heroes and Martyrs” de un próximo disco a editarse en julio y prometieron volver en el 2008. Greg Graffin, gran cantante y mejor frontman, demostró manejo de la escena y del español para agradecerle el madrugón a un público que no pudo disfrutar el show completo. Cerraron al palo con “Along the way” y “Sorrow”, desarrollando una interesante performance.

A las 18.40 subieron los Attaque 77 y a modo de pertenencia eligieron lo más punk de su repertorio. La batería inconfundible de “Perfección”, el cover de Legiao Urbana y el riff furioso de “Western” fueron el inicio de un show sólido acompañado por el  discurso combativo de Ciro Pertusi. En este contexto sobresalieron “Canción Inútil” y “Setentistas”, dedicada a Carlos Fuentealba, el maestro asesinado en Neuquén. Del nuevo disco sólo tocaron el corte, “Buenos Aires en llamas” y los momentos más altos fueron “El cielo puede esperar” y “Dónde las águilas se atreven”, que eligieron para cerrar y que fue coreado por todo el estadio. Más allá de los problemas de sonido de los que ninguna banda pudo despegarse, Attaque demostró que se siente cómodo en este tipo de eventos y tiene material de sobra para cumplir en cualquier contexto.

Las Pelotas arrancaron con “Orugas” y un gran protagonismo escénico de Sokol. A diferencia de otros festivales, el show pelotero esta vez no sobresalió, un poco por (más) problemas de sonido, sobre todo en la voz de Sokol, y otro por una lista de temas no tan festivalera. Sorprendieron con “Pasillos” y con un “Shine” ralentado y  con la presencia de Panchito, artista discapacitado amigo de la banda; se repitieron en “Uva, uva” y “Me fui” y regalaron lindos momentos de la mano de su flamante disco Basta (sobresalieron “Como un buey” y “Ya no estás”). Resultó llamativo el cierre con “Hawai”, con la nostálgica presencia de Gillespie en trompeta. Quizás el hecho de haberse destacado en otras ocasiones haya colocado la vara demasiado alta y se les exija más que otras bandas. Lo cierto es que, esta vez, Las Pelotas sólo cumplieron.

Algo similar ocurrió con Catupecu Machu, aunque es este caso fue más notorio, por la polenta que siempre acompaña a la banda de Villa Luro y la capacidad que tienen de trascender su propio público. Fernando Ruíz Díaz estuvo apagado, tuvo muchísimos problemas con su guitarra y no logró contagiar a la gente como en otros festivales. Sin embargo, Catupecu siempre tiene algo para ofrecer. Una emoción: “Tangoide”, intrumental a dos bajos, con Fernando en escena y Gabriel Ruíz Díaz en las pantallas que fue acompañado por un silencio respetuoso y concluyó en un aplauso emotivo. Un desafío: “Persiana americana”, entre medio de Divididos y Las Pelotas. Una alegría: advertir que la polémica entre Sumo y Soda está cada vez más apagada, y en esta cruzada los Catupecu colocaron mucho más de un granito de arena.

El arranque de Divididos fue una grata sorpresa y una muestra de lo que vendría: “Sucio y desprolijo”, clásico de Pappo, en una noche llena de nostalgia. Siguió con “Elefantes en Europa” y sólo se tomaron un respiro en “Spaghetti del rock”, promediando la presentación. El repertorio se apoyó fundamentalmente en Acariciando lo Áspero (1991) y Narigón del Siglo (2000) y para la historia quedó otra notable perfomance de Ricardo Mollo. De excelente humor, realizó la primera referencia “oficial” a la presencia de Sumo, amagando “La rubia tarada” en el solo de Arnedo en “Que tal”: “Esto lo dejamos para después”, dijo. La guitarra le queda chica, y peló, literalmente, una zanahoria en el solo de “Voodoo Chile” que se dio el lujo de tocar como zurdo (“esta es la foto que siempre quise tener, desde que lo vi a Hendrix”).  La parte final del concierto fue un viaje a los Obras de los primeros 90: “Paraguay”, “El 38” “Aladelta” y “Cielito lindo”; con el campo en estado de pogo permanente. Después vino la leyenda.

Algunas dificultades en los ingresos y muchos problemas con el sonido fueron el punto negativo de la primera jornada del festival. Mucho público no hizo a tiempo a ver a Bad Religion a quienes se pudo haber programado más tarde, después de Attaque por ejemplo, teniendo en cuenta que los norteamericanos llevaban seis años sin tocar en Buenos Aires y que tienen una convocatoria importante. Con respecto al sonido, los más perjudicados fueron Las Pelotas y, sobre todo, Catupecu; dos bandas que se caracterizan por sonar bien y por destacarse en cualquier festival. En la parte trasera del campo y en la popular se escuchaba a un volumen muy bajo y habrá que ser cuidadosos en este sentido ya que no es la primera vez que pasa, y ya se han escuchado algunas quejas de los músicos al respecto. Si bien el impacto del final actuó como bálsamo para que todas estas cuestiones queden en un segundo plano, no debe ocurrir lo mismo con quienes están a cargo de la organización del festival. Diez años después del intento fallido en Montevideo los músicos que formaron parte de Sumo finalmente se reunieron. No se sabe si se trató de un capricho, de una asignatura pendiente o de un regalo para los fans. Lo cierto es que dos generaciones se emocionaron con la vuelta y seguramente quieren más ¿Alguien se anima a contar cómo sigue la historia?

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