Revista El Bondi - 15 AÑOS DE ROCK
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Luis Alberto Spinetta

Hogar, dulce hogar

Cronista: Gentileza: Sebastián Barrera | Fotos: Beto Landoni

20 de Diciembre, 2007

Hogar, dulce hogar

Spinetta volvió a la Trastienda para resumir su carrera en noventa minutos perfectos, llenos de clásicos, temas nuevos y buen humor.

Ver a Spinetta en la Trastienda es tan cómodo como verlo en la sala de tu casa con una cerveza en la mano, un cigarrillo en la otra, el aire acondicionado a fondo y el gato durmiendo tranquilo. Toca el timbre y pasa: “Hola, soy Luis Alberto”

- Sí, sí, pasa, ponete cómodo nomás.

Y Luis pasa, saluda y comienza el show, tranquilo, en el fondo, bien al lado de la batería de Sergio Verdinelli, un poco más alejado del bajo de Nerina Nicotra y el teclado de Claudio Cardone.

No es un frontman, y el que no lo conozca nunca podría saber que ese flaco largo es uno de los últimos héroes vivos de nuestro rock nacional. Pasó por Almendra y Pescado Rabioso, pero el tipo se acomoda atrás, para gritar y recrear, una vez más, el ritual para aquellos que lo siguen (y pagan) cada vez que se presenta en sus ya clásicos shows de La Trastienda.

No hay altibajos en un show lleno de solos de guitarra, buenos golpes de batería y clásicos como “A Starosta, El Idiota”, de Artaud, uno de los mejores, sino el mejor, disco del rock nacional. Spinetta sigue presentando Pan y canta “Proserpina”. La gente escucha atenta y tranquila, como si realmente estuviera en un sofá con amigos, con el flaco a tres metros susurrando frases de canciones de hace mucho tiempo.

Spinetta charla y se burla de si mismo o de la vida y sus cuestiones. Habla con los que gritan que no se muera nunca o que es un fenómeno, y hasta se acerca al público y casi cede la guitarra a uno que pide a gritos tocar con él.

“Cabecita calesita” y “Seguir viviendo sin tu amor”, respetan una lista ya conocida en esos shows llenos de sillas y mesas con cervezas carisimas pero frías. El público no canta pero escucha: tienen la mirada perdida en cualquier lado, o en esa cara larga hecha de plastilina que tanto placer da verla.

“No debí pensar jamás” canta y todos lo siguen. Falta Páez que lo acompañe en “Grisel”. Pero Fito no está y Spinetta se las arregla solo. El silencio se rompe con una tos, con uno tarareando, con una silla chillona. Todos en silencio, casi sonriendo. Muchos se emocionan y están orgullosos de ese muchacho eterno que sigue cantando sin pifiarle a una sola nota en la guitarra.

Hora y media más tarde, Spinetta se despide hasta el otro día, como si se despidiera de sus sobrinos, sabiendo que un par de caras conocidas va a encontrar. El se siente bien y ya no quiere grandes estadios ni vueltas millonarias, ni exagerados tours por toda América. El tipo está cómodo ante quinientas personas. Y se re nota.

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