Revista El Bondi - 15 AÑOS DE ROCK
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Rod Stewart

Un clásico escocés

Cronista: Pablo Andisco | Fotos: Gentileza: Prensa

11 de Abril, 2008

Un clásico escocés

Con una banda impecable y un repertorio plagado de éxitos, Rod Stewart presentó en Vélez un show de primer nivel.

El frío y una llovizna persistente anunciaron el otoño en Buenos Aires en la noche del viernes. Por eso en los alrededores del estadio abundaban los vendedores de pilotos y café. Y por el mismo motivo fueron muy pocos los que vieron a los artistas nacionales. Iván Noble abrió la jornada con temas de su etapa solista y dos “Caballeros”: “Sapo de otro pozo” y “Avanti morocha”. Juanse evitó su etapa paranoica, tocó temas de su reciente “Energía divina” y cerró con “Ruta 66”.

Para las 21.30, hora anunciada de comienzo, el estadio ya lucía repleto, motivo que hizo agregar la función del jueves. Cinco minutos después se apagaron las luces y las pantallas proyectaron un corto introductorio, “The Rodfather”, que presentó un breve resumen de la carrera del músico que soñaba con ser futbolista y terminó cautivando desde el escenario durante más de cuatro décadas. Rod Stewart, el muchacho de la película, inició su tercera aventura porteña con “It’s a heartache”, el hit de Bonnie Tyler. Vestido con un saco plateado y al frente de una banda de gran nivel, el ex Faces hizo cantar durante dos horas a un público tan entusiasta como heterogéneo. Muchas parejas al borde de los cuarenta, más cerca de un público FM que su etapa más rockera.

Ante un frío cada vez más intenso, el calor provenía del escenario. La banda suena ajustada y sabe lo que tiene que hacer para que el cantante pele todo su carisma sobre las tablas. Sin desprenderse del pie de micrófono, Rod apela a su particular garganta y se mueve poco, lo justo y necesario, sin perder nunca la elegancia: un rockero, sí, pero con flema británica. El repertorio se basó exclusivamente en su etapa solista, dejando a un lado los temas de los Faces: es conocida la mutación de aquel mod en este crooner, por sus últimos discos: los cuatro volúmenes dedicados al “American Songbook” y el “Still the Same... Great Rock Classics of our Time”, álbum del 2006 y excusa para la gira. “This old heart of mine”, “Tonight is the nigt” y “Downtown train”, con cambio de vestuario incluido, se destacaron en la primera parte del concierto.

Stewart nació en Londres, pero se sabe que es más escocés que el whisky, herencia de su padre, al igual que su fanatismo por el Celtic de Glasgow. Un poco de esta historia pudo verse en el momento más emotivo de la noche. Fue cuando Rod invitó a mirar las pantallas en las que tres generaciones de Stewarts se alternaban en las imágenes: desde fotos en blanco y negro con sus padres a filmaciones recientes con su hijo menor en la cancha de fútbol de su mansión, mientras de fondo sonaba la bella y oportuna “Father & Son”, de Cat Stevens. Luego, todo el mundo a saltar al ritmo del “Have you ever seen the rain”, de Creedence. Y el fin de la primera parte del show.

Durante el intervalo sonó el himno del Celtic, como preludio de una segunda parte que tuvo tanto de futbolera como de romántica. El inicio fue bien rocanrolero, con “Sweet little rock¨n roller”; de Chuck Berry y “Yong Turks”. La banda tuvo tiempo para lucirse en “Proud Mary”, en una versión cercana a la de Tina Turner, interpretada por una de sus “soulgirls”. “Forever young” y “Listen to my heart” convirtieron al estadio en un inmenso karaoke.

El final se acercaba. Rod se burló de si mismo mostrándose en una foto vestido de mujer y con minifalda; seña inequívoca de “Hot legs”, que tuvo el prometido ritual de las pelotas. Los asistentes le acercaban los balones y el británico las pateaba al público con una destreza envidiable, mientras las pantallas mostraban goles del Celtic y el escenario se teñía del típico verdiblanco del club escocés. “Maggie Mae”, “Sailing” y “Baby Jane” simularon el final. Pero faltaba el mayor clásico del británico, el bolichero “Da ya think Im sexy”, pregunta que viene haciendo por casi treinta años. La gente pidió bises, con el “oh oh oh” made in Woodstock, pero fue inútil. El viejo Rod nos anunciaba en las pantallas que había dejado el edificio, con la sensación en las casi 40 mil almas del deber cumplido.  

Rod Stewart tiene una virtud que muchos pretenden pero pocos consiguen: la misma destreza tanto para seleccionar canciones como para interpretarlas. Maneja la situación a su antojo, más quieto que otros tiempos, pero con algunos destellos de aquel bailoteo de los años locos. Sólo faltó un poco más de ese rock and roll para que la noche sea perfecta.

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