Revista El Bondi - 15 AÑOS DE ROCK
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Pepsi Music

Gracias por el fuego

Cronista: Pablo Andisco | Fotos: Beto Landoni

11 de Octubre, 2008

Gracias por el fuego

Mötley Crüe sorprendió a propios y extraños con un show impactante bajo la lluvia en la “jornada metalera” del Pepsi Music, mientras el resto de las bandas aportó lo suyo para redondear una noche histórica. Los que apostaban por una actuación de Mötley a reglamento, y redoblaron después de la tormenta, quedaron en off side.

Por caprichos del calendario, el día 9 del festival se le adelantó al 8 y reunió a un abanico gigante de las huestes pesadas. Es que, más allá de un predominio sorprendente de remeras de Mötley Crüe, imágenes de Black Sabbath, Iron Maiden y los siempre presentes AC/DC, dominaron el uniforme de las más de 20.000 personas que se acercaron al predio. En un año inolvidable para el Heavy Metal (shows de Maiden, Ozzy, Megadeth, Whitesnake, entre otros, todos sold out, más un doblete inminente de Judas Priest), la fecha del sábado tuvo todos los condimentos para colocarse entre los grandes conciertos de los últimos años.

La impresionante actuación de Mötley Crüe por sí misma ya calificaría: una verdadera lección de todas las cosas que uno podía esperar (hard rock, buenas viejas canciones y demagogia, aunque no tanto glam) pero con un aliado tan inesperado como efectivo: el temporal que amenazó durante todo el día, asomó por la media tarde y se desató hacia el final del set de Rata Blanca. Trabajo extra para el personal y media hora de atraso, lo que permitió alimentar las fantasías sobre las cosas que podrían estar pasando en el camarín de los Crüe. Pasadas las 22, los californianos pisaron por primera vez un escenario argentino y el riff de “Kickstart my heart”, literalmente, encendió los corazones de una multitud.

El temporal se aplacó por unos minutos, hasta escuchar el corte homónimo de su último disco, “Saints of Los Angeles”. Luego sí, la lluvia ininterrumpida y una de las postales del año: la poderosa versión de “Live wire”, primer single de la banda (1982) bajo una cortina de agua. La sonrisa de los músicos se mantuvo intacta pese a los problemas de sonido originados por el temporal; incluso Vince Neil tuvo permanentes problemas con su micrófono que debió ser cambiado, al menos, cinco veces. Salvo Mick Mars, que cultiva un bajo perfil y prefiere hablar a través de su guitarra y refugiarse en su estampa de Alice Cooper, el resto de los músicos es un performer en sí mismo. Nikki Sixx, bajista y principal compositor, recorre el escenario e intercambia guiños con el público. Vince hace lo que puede con su voz y su micrófono, pero tiene presencia escénica y simpatía espontánea. Y Tommy Lee representa el “american (rock) way of life”, ese cóctel de excesos, strippers, motos, y tantas cosas que vimos en la tele. Antes de que su micrófono también dejara de funcionar, alcanzó a aullar un “Me gusta la fiesta” y luego tuvo su mini show caminando hacia el público y convidando algo que parecía whisky, mientras decía que estábamos presenciando el mejor concierto de la historia de la banda.

Para hablar de lo estrictamente musical, Mötley mechó algunos temas de su último disco con los clásicos inevitables de los ’80, destacándose la balada de estadios “Don’t go away mad (just go away)”, las potentes “Shout at the devil” y “Primal Scream” y la coreografía de puños en alto y muñequeo motociclero para “Girls, Girls, Girls”, en la que bien podrían haber mencionado algún club nocturno argentino entre los que enumera la canción. Sólo faltó el homenaje que la banda suele brindar a los clásicos del rock and roll (en sus álbumes, los Crüe han versionado desde Elvis hasta los Pistols, pasando por Beatles y Stones), aunque Mars regaló un ratito de Voodoo Chile. La simbología nacional no podía estar ausente, y entonces apareció Nikki con una inmensa bandera y Neil con la camiseta de la Selección, con el 10 y su nombre en la espalda. El cierre fue con “Home sweet home”, con la intro de piano ejecutada por Tommy y las pantallas proyectando imágenes en blanco y negro de unos jóvenes y reventados Mötley. El cierre fue con los músicos abrazados bajo la lluvia, y la sonrisa gardeliana que los acompañó durante la noche, permite suponer que todo lo que tenían pensado decir y hacer quedó justificado con creces.

Pero antes de la lluvia y los californianos hubo mucha y buena música. La maratón había arrancado bien temprano, con el hard rock alla AC/DC de MAD y la polenta que le puso Andrés Giménez a su nuevo proyecto, D-Mente, que presentó temas de “Valiente eternidad” bajo el primer chaparrón de la tarde e incluyó una versión de “I believe in miracles”, de Ramones. Mientras tanto, los simpáticos integrantes de Kiss My Ass, banda tributo adivinen a quién, se paseaban por los pasillos del club fotografiándose con unos cuantos curiosos, en medio de su dos actuaciones del día, en Carpa Sónica y en el Roxy.

Había salido el sol cuando Sergio Berdichevsky subió al Escenario Claro y empezó a dibujar con su viola bajo una cortina de humo, en la introducción elegida por Nativo para su set. Con Gustavo Rowek, leyenda del metal nacional, tras los parches, el carismático Carucha en voz y el nuevo bajista, Ezequiel Palleiro, Nativo entregó un show bien directo. Algunos temas viejos (“Resistencia”, “El mentiroso”)  se plegaron a unos cuantos de “Y qué!”, su último disco, como “Fortaleza” y “Sin rumbo”, una linda melodía dedicada a las chicas presentes.

En la vereda de enfrente, Viticus entregó un show impecable. La banda comandada por el legendario Vitico y su sobrino Sebastián Bereciartúa brindó una verdadera lección de rock and roll, con bases potentes, guitarras con mucho slide y tres voces que se combinan y potencian. Abrieron con “Mi nuevo Chevrolet”, presentaron temas del reciente “Viticus III”, como “Sr. rock and roll” y “Fuego y destrucción” y regalaron tres de Riff: “En la ciudad del gran río”, “Mucho por hacer”, con todo el público aplaudiendo y Vitico recorriendo la pasarela y “Susy Cadillac”, fuera de programa y a modo de homenaje a Pappo. Un notable concierto de una banda que no sólo mantiene en alto el espíritu rockero de Riff, sino que cada vez adquiere mayor vuelo propio y suena como pocas en vivo.

Para el momento en que Walter Meza irrumpió con toda su presencia en el segundo escenario, ya había mucha gente en  el club y unos cuantos se sumaron al pogo infernal. Es que Horcas puso la cuota de metal más fuerte del día, y entre recuerdos a su fundador Osvaldo Civile y a Pappo (antes de “Vencer”) y al grito de “Aguante el metal argentino” se despacharon con temas como “Solución suicida”, “Pesadilla” y “Fuego”

Paralelamente a lo que ocurría en la cancha de rugby, diferentes estilos se sucedían en el Escenario Sónica. A propósito, una reflexión: ¿A quién se le ocurrió ubicar el stand de percusión a escasos metros de esa carpa? Una de las cosas buenas de la circulación constante de gente y los múltiples escenarios es escuchar algo que, si te gusta, puedas acercarte y disfrutarlo. Esto era imposible, ya que lo único que se distinguía era el repiqueteo constante de tambores y afines. ¿No hubiera sido mejor ubicarlo cerca de la entrada o buscar la manera de acustizarlo un poco? Más allá de esto, entre el metal de Tren Loco y el vuelo instrumental de Poseidótica, sobresalió El Club de Marilyn con su glam rock anclado en los ’70 y el despliegue de su cantante “Lu Lui”, cruza de Mick Jagger y Miguel Abuelo.

Antes del cierre a cargo de Mötley Crüe, Rata Blanca pisó fuerte en el Escenario Pepsi, con un set list organizado en torno a su último disco, “El reino olvidado”, al punto que el show arrancó de la misma manera que el álbum. En “Volviendo a casa”, Adrián Barilari le prestó por primera vez su micrófono a un público que parece no admitir medias tintas con Rata: los incondicionales se agolpaban contra las vallas y cantaban desde “Chico callejero” hasta “71-06 endorfina”, mientras que el resto transitaba la indiferencia o el tibio repudio verbal. Walter Giardino, efectivo como siempre, entregó un solo tras otro y el cierre con “La leyenda del hada y el mago” contó con la lluvia como marco ideal para esa historia de magos, espadas y rosas.

A más de veinte años de su irrupción en la época de oro del (hard) glam rock, valió la pena esperar por la visita de Mötley Crüe, quienes deleitaron a una multitud que no se movió pese a una hora y media de lluvia ininterrumpida. Viticus y Rata Blanca se destacaron en un line up muy parejo, en el que los fanáticos del rock más duro tuvieron otra jornada para comentar.

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