Revista El Bondi - 15 AÑOS DE ROCK
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Pepsi Music

Tarde pero seguro

Cronista: Gentileza: Sebastián Barrera | Fotos: Beto Landoni

15 de Octubre, 2008

Tarde pero seguro

La espera terminó y Stone Temple Pilots revivió el grunge que tanto queríamos en los noventa. Hora y media de sonidos viejísimos llenaron de nostalgia a veinte mil fanáticos.

Si venían en 1993 estarían en los libros de la historia argentina, pero vinieron en el 2008 y serán un recuerdo perfecto hasta el día del alzheimer. Una anécdota adornaría la situación: dicen que Scott Weiland llegó justo: faltaban cinco minutos para salir y el tipo no aparecía. Los de Pepsi se imaginaban carteles rotos, fuego en todos los árboles y mujeres llorando. Al segundo, una limusina gigante llega a los pedos y ahí sale, pálido, con anteojos negros, tapado y corbata a rayas. No dice nada y sale a escena.

Uno esperaría una aplanadora, un eructo de sonido a todo volumen ideal para sacar el mal gusto de una tarde aburrida, pero abrieron con “Big Empty”. Un par de punteos y todo es un bar viejo con veinte mil personas. La voz aumenta y todos saltan por inercia, porque enfrente tienen a una banda que parecía imposible de ver, entre tanta discusión y Velvet Revolver encima.

Si el ser humano tuviera una memoria fotográfica perfecta, se saludarían entre sí, reconociendo a los miles que también fueron a ver a Pearl Jam en el 2005, a los que se animaron a ver a Chris Cornell el año pasado y a los pocos que pudieron ver a Nirvana en el 92. El reencuentro era obligatorio: todo mayor de 25 que aprovechó el último movimiento creativo del rock debía estar ahí. Porque si volviéramos por un instante a nuestra adolescencia y nos dijéramos que en el 2008 va a tocar STP y no fuimos, nos enojaríamos muchísimo, nos detestaríamos e intentaríamos ser mejores para no parecernos a nosotros en el siglo XXI.

“¡Pero tampoco para tanto che!”, grita nuestro yo interior, el del 2008, justificando un posible faltazo. Nuestro inconsciente vuelve a escuchar “Lounge Fly”, “Interstate Love Song”  y “Sex Type Machine” y se acelera reconociendo escenarios, cuartos llenos de calor, el colegio y las primeras noches.

Los hermanos DeLeo se imitan igual que hace quince años, no pifian ni les cuesta. Weiland lo mismo: un tono salvaje lleno de grunge, una boca llena de whisky oxidado entre los dientes que grita cosas de hace un montón de años a personas que nunca pudieron ni creyeron verlos.

Todo era una maquina correcta, hasta que llegó “Sour Girl”, del disco “No.4”, el de la estrella blanca onda La Renga, y la voz no llegaba en los coros y la cosa se parecía a Steven Tyler el año pasado en River cantando “Crazy”. A los quince años el tema nos parecía pegadizo, macanudo, “careta” para la época quizás, pero hoy somos grandes y menos insistentes con eso y nos gusta, porque es una versión más rápida que la original, porque la cosa viene bien. Le siguió “Creep” y nos importó poco el deterioro obvio.

Weiland se iba sacando la ropa de a poco, mientras el resto, en la suya, disfrutaba la única visita a América del Sur que van a tener en el año. “Plush” y “Sex Type Machine” fueron golpes durísimos y las voces recordaron cada frase de tanto leer el librito del ya muerto CD. Hora y cuarto de show y el miedo a los típicos tiempos de festival entraron al verlos irse. 

En el descanso, una gaseosa aguada y caliente a cinco pesos saciaba a sedientos. Lejos quedó el recuerdo de Ojas a las cuatro de la tarde, cuando todo era día y Cadena Perpetua repetía su típico set punk. Infierno 18 cayó de contrabando y se coronó una vez más como la Disney Band del año. En la isla, en el escenario Sónica, Bicicletas tiró buenos guitarrazos y Andrea Alvarez le pegaba fuertísimo a la batería peleándole el sonido a la banda sorpresa del escenario principal.

¿Banda sorpresa? ¿Massacre? Sí, malísimo, bah, son geniales, pero se rumoreaba que venia Slash. Claro, dirán, toca con Weiland, ya vino el año pasado, capaz la pasó bien y fue, vino. Pero no, tocó Walas y se concentró en su nuevo disco, El Mamut. Algo nos dice que se pinchó el globo y la visita internacional no pudo ser, porque, vamos, Massacre ya tocó en el tercer día del festival y todos sabemos que la banda se anota en todas.

Antes de esto, a dos horas de la razón de los ciento diez pesos de entrada, Cesar Andino subió con muletas y todo, para seguir dándole vida a Cabezones, después de quedar solo entre tanto quilombo y discusiones. Los temas de “Alas”, el segundo disco, son los que más hacen saltar y en “Globo” hasta se animó a tirarse al público.

Pero son recuerdos, simples y fácilmente olvidados, porque la historia estaba en ese escenario todavía vacío. Cinco minutos más tarde salieron entre griteríos para despedirse con “Dead and Bloated” y “Trippin’”. Weiland, con poncho encima, se lo veía perdidísimo, flaco y con ojos secos de pocas pestañadas. Terminaron exhaustos, parados frente a todos, esperando el reconocimiento obligado.

La noche terminó y Buenos Aires tuvo su premio después de tanto esperar. Deberíamos estar enojados, pero vinieron y veinte mil personas desafiaron el rencor para disfrutar de la noche más esperada de toda esta exagerada maratón de música.

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