Revista El Bondi - 15 AÑOS DE ROCK
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Quilmes Rock

Vestidos para rockear

Cronista: Pablo Andisco | Fotos: Beto Landoni

05 de Abril, 2009

Vestidos para rockear

Kiss volvió a pisar fuerte en Buenos Aires y demostraron una vez más por qué son los dueños del circo. Con diferentes matices, Las Pelotas y Ratones Paranoicos dieron buenos shows ante un público que tenía muy poco interés en escucharlos.

Massacre fue la banda elegida para abrir esta jornada, demostrando que el muy bueno y exitoso “El Mamut”, además de su trayectoria y solidez sobre las tablas, le sirve para presentarse en jornadas de cualquier género y siempre salir bien parado. A continuación fueron los mexicanos de Molotov, quienes con canciones como “Gimme tha power”, “Frijolero” y “Puto”, demostraron que a esta altura ya tienen un buen número de grandes éxitos para el público argentino.

Más tarde subieron al escenario Las Pelotas y las referencias políticas y corrosivas de Germán Daffunchio, dedicando “Grasa de chancho” “en la noche de Kiss a los 25 niños que mueren de hambre por día en nuestro país; y “Desaparecido”, con el tradicional pedido por Julio López, incomodaron a la parte de la gente que sólo quería diversión. Quizás por esto, y desde antes de que la tradicional silbatina al himno yanqui post “Capitán América” fuera dedicada a los Kiss, el grupo ya tenía a buena parte de la gente en contra. Luego de un comienzo fuerte, el repertorio viajó por adelantos de un futuro disco y los momentos más calmos de la banda, destacándose “Como se curan las heridas” y “Si supieras”, con el notable aporte de Gillespie, eterno colaborador con su trompeta.

Para los que disfrutamos de unos cuantos conciertos memorables de esta misma banda en estos mismos festivales, no se vivió la mejor de las sensaciones durante el show pelotero. Ni la prolijidad del grupo, ni el fervor que ponían los entusiastas cerca del escenario ni el recuerdo para Ale Sokol antes de “Escaleras” pudieron aplacar a los que silbaban entre tema y tema, potenciados por la clásica ironía de un Daffunchio que no se guardó nada. Tan cierto es el papel fundamental que tiene Germán en treinta años de rock nacional, como que eso le interesa poco y nada al kissero más fanático, que sólo quería ver a su banda, y recién aplaudió cuando los melancólicos acordes de “Sueños de mendigos” finalizaron el show. A esta altura, cabe suponer que uno y otros disfrutaron el momento a su manera.

Mejor suerte corrieron los Ratones Paranoicos, con su propuesta mucho más cercana al número principal, aunque en la Argentina el fanático de Kiss siempre se orientó más hacia el metal que hacia el rock and roll más clásico. Además, Juanse adoptó una postura opuesta a la de Daffunchio, agradeciendo la oportunidad de telonear “una gran banda como Kiss”, aunque no se privó de devolver una botella que le tiraron ni de desafiar a los que lo insultaban. “Rock del pedazo”, “Enlace” y “Sucia estrella” marcaron el inicio y la tendencia de un show signado por aquellos hits de la primera hora, tocados en plan bien rocker con un aliado fundamental: Jimmy Rip, colaborador de Jagger solista, quien puso su guitarra al servicio paranoico, además del invalorable aporte de Rubén Gaitán en armónica.

Durante el slow funk de “La nave”, Juanse invitó a acompañarlo con palmas con una buena aceptación y más tarde una sección de vientos convirtió a “Boogie” en una larga jam session, con mucho slide y solo de Roy en la batería. Durante el “Rock del gato” las pantallas mostraron a una de las chicas del público en andas, bailando al compás y levantándose la remera (una imagen 100% kissera) y el cierre llegó con “Cowboy”, redondeando otra buena performance en esta suerte de regreso de los Ratones a las grandes ligas, que de cualquier manera, sigue ligado a aquellos primeros éxitos.

Faltaba algo más de media hora para que Kiss saliera al ruedo. Los plomos trabajaban a cuatro manos para poner todo en orden, ya que había que agrandar el escenario, visiblemente recortado para las bandas locales. Entonces se descubrió que los grandes telones tapaban una enorme cantidad de cajas de sonido, que la pantalla del fondo tenía el logo de la banda con las lucecitas al estilo “Alive!”, el mismo que se repetía en una bandera gigante que cubría por delante el escenario. Cerca de las 22, el clásico de los Who “Won’t get fooled again” se fundió con los sonidos de la batería, el telón cayó, y, entre fuegos de artificio, Paul Stanley, Gene Simmons y compañía volvían a copar el escenario del Monumental: maquillaje, plataformas y una verdadera fiesta del rock and roll.

Esta vez los neoyorquinos vinieron en la gira “Kiss Alive 35 tour”, inspirada en ese aniversario en general y en particular en el mencionado disco doble Alive!, editado en 1975 y elegido por críticos y público como uno de los mejores álbumes en directo de la historia. De allí que los primeros cuatro temas repitieran aquella seguidilla: “Deuce”, “Strutter”, “Got to choose” y “Hotter than Hell”. Aquí, Gene hizo su clásico número de escupir fuego mientras el escenario se teñía de rojo y la gente aplaudía a rabiar.

Un rato antes, Paul había repetido aquel saludo de “No hablo bien español, pero comprendo sus sentimientos y mi corazón es suyo”, primer contacto de un frontman que entiende como nadie esto del rock como espectáculo: arenga a los diferentes sectores del estadio, improvisa estudiadas palabras en castellano, piropea algunas muchachas y pide “yeahs” y “ohs” que nunca le parecen suficientes hasta el cuarto o quinto intento. Su intervención más destacada llegó cuando le pidió a la gente del campo que diera un paso atrás para evitar inconvenientes y tocó la intro de “Stairway to heaven”, que él mismo desechó para arremeter con “Black diamond”, una de las canciones más festejadas.

Kiss entregó lo que todo el mundo había ido a ver. Sin disco nuevo desde Psycho Circus (1998), la banda se dedicó a repasar los primeros años de carrera, con algunos chiches que la parafernalia en tiempos de crisis permite. Thommy Thayer está más que bien en el lugar de Ace Frehley y Eric Singer sobresale tras los parches, y ayuda con las voces de Peter Criss. Cada uno tiene su lugar dentro del show: Tommy disparando pirotecnia desde su guitarra durante el solo de “She” y Eric elevándose durante “100.000 years”. El que no tuvo suerte con su número fue Simmons, ya que falló el arnés que debía elevarlo en “I love it loud”, aunque eso no le impidió escupir sangre. Antes y después, una catarata imbatible de hits, en los que la banda privilegió el material más duro y rockero: “Parasite”; “C’mon and love me”, “Watching you”, “Cold gin”.

El amague de cierre llegó cuando Paul cantó unos versos de “Guantanamera”, preguntando si esa era la música que queríamos los argentinos (¿Qué le hubiera costado aprenderse algún tanguito?). Pero después de la broma, hubo “Rock and roll all nite”, el hitazo que vino acompañado por una lluvia de papelitos impresionante que se viajó por todo el estadio y terminó con Stanley haciendo el numerito de la guitarra que no se rompe nunca. La tanda de bises fue realmente demoledora: “Shout it out loud”, “Lick it up” (el tema más nuevo que tocaron, original de 1983) y el mencionado “Love it loud” antecedieron a “I was made for lovin’ you”. Durante “Love gun”, Paul atravesó el campo hasta la torre de sonido, donde un mini escenario lo alojó durante todo el tema, mientras los fuegos artificiales (a esa altura del concierto, el quinto Kiss) acompañaban cada golpe del redoblante. Y cuando el Hombre de la Estrella preguntó si Buenos Aires era una ciudad rockera, no quedaron dudas que se venía “Detroit rock city” y el final, con todo el estadio coreando el solo y más pirotecnia, ahora para despedir no sólo a la banda, sino también al festival más importante de Capital..

La armada kissera argentina tuvo su noche soñada. El grupo de Stanley y Simmons dio un show a la altura de su leyenda, con muchos de los yeites que hace más de 35 años los convirtieron en los reyes del rock show. La manchita fue la falta de respeto hacia grupos de la trayectoria de Las Pelotas y Ratones Paranoicos, aunque esto se explica por lo rebuscado de la grilla y la intolerancia de algunos hacia las buenas performances de las bandas.

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