Revista El Bondi - 15 AÑOS DE ROCK
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Massacre

El Mamut y la Luna

Cronista: Pablo Andisco | Fotos: Gentileza: Leandro Ciaffone

06 de Septiembre, 2009

El Mamut y la Luna

La banda liderada por Walas dio un show histórico en el Luna Park. El grupo que supo trascender las fronteras del skate rock y el mito del eterno under, hizo propio un escenario mítico y durante casi tres horas ancló en buena parte de su pasado para disfrutar de su excelente actualidad.

La tardecita del domingo se fue tornando agradable y la gente se empezó a acercar desde temprano para terminar colmando campo y plateas de una versión algo reducida del Luna Park, con las populares cubiertas por enormes telones negros. La escenografía mostraba los instrumentos entre caballos de calesita y los clásicos payasos que se repetían en algunas máscaras del público. Finalmente las luces se apagaron y los payasos volvieron a aparecer, esta vez en las pantallas y cada vez más diabólicos, en una introducción mezcla de rock and roll circus con una peli de terror. Al toque, el saludo de Walas y el comienzo sorprendente con “Diferentes maneras”. “Sembrar, sembrar” e “Invasoras amazonas” completaron el trío inicial de una lista de 32 temas en el que pasearon todos sus discos.

El público repitió la consistencia del primer Obras de Massacre: los viejos fans cosechados en más de 20 años de carrera, con un número considerable de primerizos, algo inevitable en una banda que crece, pero que atraen un incomprensible recelo que alguna vez tendrán que revisar los fundamentalistas. Walas pareció tomar nota de esto, y más allá de una de las muletillas que lo caracteriza (“Somos los Massacre”), varias veces tuvo en cuenta a “los que no nos conocen”, como cuando explicó el comienzo con aquel viejo himno skate con el que solían cerrar los conciertos.

El líder había anticipado algunas cuestiones respecto a la tan comentada llegada al Luna Park. Una de sus preocupaciones tenía que ver con el sonido, que suele aportarle más de un dolor de cabeza a sonidistas y músicos. Teniendo en cuenta estos temores, basados en una certeza empírica incontrastable, hay que decir que Massacre superó la prueba. La banda pudo desplegar toda la potencia de sus violas, aunque sufrió en algunos momentos más calmos, en los que el Tordo no le pudo sacar el jugo de siempre a sus efectos, o los problemas del micrófono de Walas en “Vienen zombies”. 

Donde no quedaron discusiones fue en el rubro iluminación. Allí explotaron al mango las posibilidades lumínicas, bombardeando el escenario o dejándolo casi en penumbras, y utilizando las pantallas para acompañar las canciones, con mucho laburo para la ocasión. Allí cerró un concepto que suelen manejar los Massacre, con mucho cine clase B, estética retro y la niñez como escenario de la felicidad y los conflictos. Para el recuerdo quedó el intervalo principal, con publicidades yanquis de los años 50 de autitos y muñecas. 

El concierto, “hecho cultural” en palabras de Walas, sirvió también para despedir El Mamut, que pasará a la historia como uno de los grandes discos de la década, además de significar la propia consagración de la banda, trascendiendo los ámbitos under, de culto, o como se los quiera llamar. El material que empezó a curtirse en festivales y que fue presentado con todas las de la ley en Obras en 2008, tuvo asistencia casi perfecta en el setlist, con la excepción del clásico de Rod Stewart “Maggie May”. Acaso en esa ausencia de covers, algo que siempre distinguió a la banda, estuvo la perla negra de la lista. El resto de los temas se coló en ese permanente viaje de historia y presente: de las más viejas “Try to hide” o la genial “Juicio a un bailarín” hasta “Adiós caballo español” o “Seguro es por mi culpa” de 12 nuevas patologías (2003), la previa al despegue. Como muestra de esta comunión, y después de la exquisita pieza “Ana” en versión completa, “El taxidermista” y “Clavos y globos” sonaron casi enganchados en un bloque psicodélico que hipnotizó la energía de un público que hasta ese momento no había parado de poguear y moshear.

Como frontman, Walas reafirmó ese estilo único de presentador permanente. Una y mil veces repitió: “esto es Massacre en el Luna Park”, en una mezcla de incredulidad y orgullo; “de pellizcame a ver si es cierto” con “nadie nos regaló nada”. También entregó algunas reflexiones interesantes, como la de apoyar la “cultura del sinsentido, porque la del sentido no nos ha servido de mucho”, o cuando celebró que MTV los haya nominado como banda revelación, pese a su dilatada trayectoria: “está bueno, porque seguimos siendo de vanguardia” celebró lo que para otros hubiera significado una puñalada al ego. Esta es una parte de Walas. La otra, la del cantante, la cumplió sin altibajos, apoyado desde el fondo por la batería de Charly y apenas adelante Fico con la segunda guitarra. En el frente y a su derecha, Bochi en bajo y coros y a su izquierda, el Tordo, su guitarra y su pedalera completaron la formación de la banda

Las 32 canciones se repartieron a lo largo de casi tres horas, reflejando algunas de las obsesiones de Walas y los suyos: la psicología, los extraterrestres, la cultura rock. La segunda vuelta incluyó un cambio de vestuario, algo más glamoroso, y arrancó con “La octava maravilla”. Después de “Llena de fe” y el recitado al frente de La Tori, “Sofía, la super vedette” implicó una mejora radical del sonido, que permitió, entre otras cosas, disfrutar del solo del Tordo en “La orquídea blanca”; uno de esos momentos que quedarán en la retina por siempre. Pegada llegó esa coda eterna que es “Resurrección”, como respuesta a “La epidemia”, profético tema de El Mamut dedicado a las víctimas de la gripe A, la misma que obligó a postergar un mes el desembarco en el Luna.

Para los bises, Massacre eligió una buena metáfora de su carrera: un par de oldies (“Mi mami no lo hará” y “Violence”, por escándalo, el más festejado por los viejos massacreros), “La reina de Marte”, el gran hit de El Mamut, y “Plan B: anhelo de satisfacción”, el puente a esta exitosa actualidad gracias a la versión de Catupecu Machu, algo que siempre se encarga de reconocer Walas y a quienes les había dedicado “Juicio a un bailarín”.

“Que el bicentenario nos encuentre con una sonrisa” fue una de las frases recurrentes de Walas dentro de una alegría que desbordaba su exuberante anatomía. Y Massacre puso su cuota, regalándole a sus fanáticos un concierto para la historia.

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