Revista El Bondi - 15 AÑOS DE ROCK
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Viejas Locas

Entre el cielo y el Infierno

Cronista: Gentileza prensa | Fotos: Beto Landoni

14 de Noviembre, 2009

Entre el cielo y el Infierno

Adentro, el recital...afuera, un infierno. El Bondi te cuenta todo lo sucedido en la vuelta de Viejas Locas.

EL INFIERNO

“La idolatría populosa se dibuja en largas filas para adorar y no pensar / la piedra muerta del desvío falsamente milagrosa sigue ocultando la verdad” cantaba Hermética en su canción “En las calles de Liniers” y, de no ser porque el tema fue escrito hace casi veinte años, uno podría creer que el autor lo compuso observando la entrada al recital de Viejas Locas en Vélez el último sábado. A eso de las ocho y media de la noche, por la Avenida Juan B. Justo se veía a miles y miles de chicos que se iban acercando sin cesar al estadio y una ya suponía, que ante tanta cantidad de gente, el show se iba a retrasar varios minutos.

Al retirar la entrada reservada por la organización, este cronista se vio sorprendido ante el anuncio de que el ingreso debía hacerse por el campo (difícil trabajar así, ¿no?) pero, sin embargo, hacia allá se dirigió. Tan solo unos metros caminados y los ánimos ya se veían caldeados y enrarecidos, con mucha gente agolpándose en las entradas como un maremoto de cuerpos. Primera falla organizativa: alrededor de tres mil personas no pueden llegar al punto de juntarse en una especie de embudo (porque eso era la “entrada”) y mucho menos si los caballos de la policía montada se les vienen constantemente encima. Por el lado de la platea, la cosa no estaba mucho mejor y las vallas se veían forzadas una y otra vez, hecho que alteró a los uniformados que custodiaban ese sector y que sirvió de excusa para que apuntaran sus gases picantes directamente a los ojos de los concurrentes.

Segunda falla organizativa: al verse desbordados por la cantidad de gente, el personal de seguridad se dispuso a armar un vallado para acomodar un poco la fila del campo aunque la decisión se tomó bastante tarde, cuando ya todo era un descontrol y la gente lo único que quería era entrar. La policía por su parte, estaba llamada a su juego y aprovechó la ocasión para repartir palazos, disparar gases lacrimógenos y balas de goma hacia el tumulto, sin distinguir a aquellos que tenían entradas de los que se querían colar. Obviamente esto trastornó aún más los ánimos y algunos chicos (probablemente aquellos que pujaban por entrar sin ticket) comenzaron a responder la represión arrojando botellas de vidrios y piedras.

Entre las diez y las diez y media, hubo un intervalo en donde la cosa se calmó por un rato pero al apagarse las luces del estadio para el comienzo del show, como era de preverse, todo se desbandó nuevamente y ahí sí se vivieron los momentos más aterradores de la noche ya que la policía intensificó su avanzada contra la gente y las corridas se multiplicaron. Para colmo, en uno de los accesos a platea aparecieron unos veinte muchachos de la barra brava de Vélez a los que no se les ocurrió mejor idea que ahuyentar al público a través de Juan B. Justo haciendo uso de su experimentada violencia física.

Y más allá del accionar represivo de la policía, tampoco debemos obviar la parte que le corresponde a este público que parecía anclado en los noventa. Muchas mujeres embarazadas y niños se acercaron al concierto pero lo más lamentable es que ante la gravedad de la situación, no todos emprendieron la retirada sino que algunos se quedaron tratando de entrar. ¿En qué cabeza cabe que una madre pugne tumultuosamente por ingresar a un recital de rock? ¿Es realmente necesario? ¿Se gana un certificado especializado en rock por hacer el aguante y entrar a toda costa? Estas cuestiones, sumadas al ritual futbolero de banderas, pirotecnia, cerveza, vino y porro, hacen pensar una vez más que al final no aprendimos nada. Que nos cagamos en los casi doscientos muertos de Cromañón y que esas muertes fueron en vano porque a todos les chupa un huevo. En la noche del sábado en Vélez, falló todo lo que podía fallar y por milagro no ocurrió una tragedia. Aunque a nadie ya le importe.

Podría cerrar esta crónica comentando los temas que tocó Viejas Locas en su regreso luego de nueve años pero sinceramente luego de lo acontecido en las afueras del Amalfitani, eso me parece un dato ínfimo.  El 14 de noviembre de 2009 la sociedad argentina mostró nuevamente la pobreza educacional en la que está hundida y a la que el rock lógicamente no puede escaparle. Ojalá todos los involucrados tomemos nota de lo acontecido y de una buena vez por todas, hagamos algo para revertir este triste momento.

TXT: Christian Alliana


EL CIELO

La glamorosa conferencia de prensa de hace dos meses en Puerto Madero finalmente se materializó el sábado en Vélez. Viejas Locas se había separado cuando su popularidad crecía y su líder Cristian Álvarez todavía no era “el Pity” a secas ni ilustraba notas que poco tuvieran que ver con el rock. La diáspora propia de las Viejas tuvo tres patas. Una  masiva, naturalmente Intoxicados, la banda en la que Pity, junto al baterista Abel Meyer, volcó aquellos intereses que iban más allá del rock and roll para coquetear con el hip hop, el funk y hasta la electrónica. Otra más under y bien rockera, como Motor Loco, comandada por el bajista Fachi y de donde reclutaron al guitarrista Peluca Hernández y La Lengua, del disidente Sergio Tolosa de la que poco se supo a partir de entonces.

Y en cierta medida, la noche del regreso estuvo marcada por esas dos vertientes, que habían confluido en Especial, (1999, tercer y último disco de estudio). Cerca de las 23, el estadio de Vélez estaba colmado por miles de viejos fans y muchos miles más que no habían visto la primera etapa de la banda. Unos y otros no sabían nada -o casi, o preferían ignorarlo- de lo que estaba ocurriendo afuera, y se preparaban para vivir a su manera su fiesta, unos con nostalgia, otros con ansiedad y emoción. Tampoco parecieron enterarse los músicos, aunque en este caso la responsabilidad sea mucho mayor.

Unas proyecciones que pasearon por algunos de los intérpretes más destacados del siglo XX –Gardel, Michael Jackson, Jagger, entre otros- se entremezclaban con el “Estamos llegando” con el que se anunció este retorno y que estaba a minutos de hacerse realidad. Una jam session made in Piedrabuena antecedió a la irrupción de Pity y el riff de “Intoxicado”, con fuegos artificiales y el delirio de la multitud.

La lista recorrió buena parte de los tres discos de la banda más el nuevo corte, “Perro guardián”. Pasaron casi todos los rocanroles, y algunos desajustes, de la mano de “Nena me gustas así”, “638”, “La simpática demonia”, “Difícil de entender”, “Dos Nenas” y “Botella” –cantada por Fachi-. También momentos más calmos, pero igualmente festejados, como la muy bluseada  “Me gustas mucho”, “Balada para otra mujer”, “Homero” y “Niños”.

Un destacado juego de luces contrastaba con problemas en el sonido, algunos de índole técnica y otros por desencuentros sobre el escenario. El funky que tanto le gusta a Pity se manifestó en una extensísima versión de “Perra”, además de “Lo artesanal”, uno de los temas más queridos por el público, más disco que nunca con los efectos de dos bolas de espejos. También se destacó la presencia del Negro García López, quien había compartido muchos escenarios con Intoxicados, quien puso su viola para “Chico de la oculta”.

Es prácticamente imposible que un show de regreso genere un consenso en cuanto a las expectativas, siempre atravesado por especulaciones monetarias, nostalgias no siempre justificadas, pocas inquietudes artísticas y nuevas generaciones que viven a su manera los fenómenos de otrora. Sucedió allá lejos y hace tiempo con grupos emblemáticos en la historia del rock nacional como Manal, Almendra y Serú Girán, más cerca en el tiempo con Sui Generis y está el recuerdo más reciente, acaso los más satisfactorios, de Soda Stereo y Los Fabulosos Cadillacs. Y, salvando las distancias, Viejas Locas no podía ser la excepción, más aún en el contexto de una sociedad cada vez más empobrecida, la que el rock se encarga de reflejar sólo como el fútbol, con todo lo que eso implica, y nada mejor que lo ocurrido el sábado 14 en Vélez para explicarlo.  

Para algunos fue el mejor recital de su vida, sobre todo los más jóvenes que debutaban en estas cuestiones. Otros añoraban épocas pasadas, hablaban de pérdida de la magia y apuntaban sus dardos sobre todo a Pity. Ya en los bises, se destacó la ramonera “Una piba como vos” y después de más de tres horas de show, “Eva” marcó el final de una noche que se pasará a la historia, pero no por la vuelta a los escenarios de una banda de rock: a partir de entonces, de eso fue de lo que menos se habló.

TXT: Redaccion El Bondi

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