Revista El Bondi - 15 AÑOS DE ROCK
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Bob Dylan

El trovador de nunca acabar

Cronista: Pablo Andisco | Fotos: Gentileza prensa

26 de Abril, 2012

El trovador de nunca acabar

El viejo Bob lo hizo de nuevo: ante un Gran Rex hipnotizado, explicó por qué es uno de los artistas fundamentales de nuestro tiempo.

La anterior parada del Never Ending Tour en tierras argentinas (marzo, 2008, Estadio Vélez) había mostrado un Dylan distinto entre los tantos Dylans: concentrado en los teclados, con su voz ronca capitaneando el fraseo, igualmente parco y genialmente profesional. El concierto del jueves, el primero de una serie de cuatro, mostró una faceta similar a la de la noche de Liniers, pero con una composición de lugar radical y conceptualmente diferente: el Teatro Gran Rex. Y no podía haber lugar mejor para presenciar lo que este Dylan tenía para ofrecer.
 
Todo comenzó puntualmente, cuando una guitarra que no era la de Bob, empezó a sonar desde las bambalinas del teatro, rasgueando los acordes de “Leopard-skin pill-box hat”. Elegantísimo y de clásico sombrero, el trovador de Minnesota se acomodó al teclado y comandó durante dos horas un notable espectáculo de folk, blues, jazz, country y rock and roll, en resumen, un viaje por lo más profundo del cancionero norteamericano.
 
Otra cosa que había mostrado Dylan en su última visita es que los temas de la etapa clásica reciben un tratamiento totalmente diferente al original, desde las armonías hasta las tonalidades y, naturalmente, los fraseos. De allí que el público reconoce las canciones muchas veces a partir de los primeros versos, como el caso de “It ain’t me babe” o “Tangled up in blue”, dos de las más festejadas.
 
El teatro lucía sin pantallas ni escenografía, apenas con un gran telón negro de fondo en el que las luces tenues, justas, proyectaban las siluetas de los músicos (tampoco se permitieron cámaras de fotos ni filmadoras, a pedido del artista). En ese marco, Dylan paseó por los teclados, la armónica y fugazmente por la guitarra; se lo vio de excelente humor, sonriendo y animándose a bailar algunas de sus canciones. Detrás suyo, la impecable banda que lo viene acompañando por casi una década, con la que grabó sus buenos discos de este siglo y la que mostró versatilidad para moverse por los grandes tópicos de la música del norte. Para ello es capital el aporte de Donnie Herron, que hace base en el steel guitar pero pasa ocasionalmente  por la viola y se apodera del banjo para una gran versión de “High water (for Charley Patton)”. 
 
“Spirit on the water”, bien jazzera, y el clima de zapada rockera de “The leeve’s gonna break”, ambas de Modern times (2006), ratifican que los últimos trabajos de Dylan pueden formar parte de su repertorio en vivo, en esta reinvención permanente de canciones editadas originalmente en formato guitarra acústica y voz. De aquellos himnos folk, acaso sea “A hard rain is gonna fall” la que mejor versión tuvo en la noche del jueves, una orquestación épica que hizo juego con la letra apocalíptica, mientras que “Highway 61 revisited” por su base eléctrica y su espíritu rockero, fue la que sonó más parecida a la original. 

Del reivindicatorio Time out of mind (1997) sonó “Love sick”, que mantuvo la melodía original pero ganó en una densidad barroca que estremeció al teatro y preparó el terreno para “Thunder on the mountain”, en la que el clima de zapada volvió sobre el escenario, pero esta vez Bob eligió mirar la performance de sus músicos, acompañando ocasionalmente con sus teclas. Entonces los guitarristas tuvieron su reconocimiento popular, Charlie Sexton con un perfil más alto y Stu Kimball con una deliciosa mano derecha.
 
Ya en la recta final del concierto, un público cautivo que había percibido en silencio respetuoso la historia viva que tenía enfrente, se encendió con “Ballad for a thin man”, cuya versión exquisita marcó el clímax de la noche. “Like a rolling stone” y “All along the watchtower”, con la presentación de sus músicos como únicas palabras de Bob marcaron el final. Quince segundos y un único bis, “Blowin’ on the wind” con violín y aires gitanos, resignificando una vez más uno de los hitos del cancionero contemporáneo. 
 
Bob juntó a sus músicos y sin alardes ni reverencias, apenas con un movimiento de cabeza como todo saludo, se retiró. Habían pasado dos horas de un show inolvidable, en el que el artista trascendió una vez más su propio mito.
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