Revista El Bondi - 15 AÑOS DE ROCK
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Boom Boom Kid

Boom Boom Kid, en tu cara una sonrisa

Cronista: Gentileza prensa | Fotos: Gentileza: Andrea Celis

04 de Mayo, 2013

Boom Boom Kid, en tu cara una sonrisa

El Nekro no paró de bailar el sábado pasado en Groove.

Groove se va colmando por una multitud. Algunos que esperan el arranque sentados en el piso, se tienen que parar: ya no queda ni un centímetro para estar cómodo. Una pantalla en el escenario pasa videos viejos, cantantes que casi nadie reconoce pero que a todos entretienen. Una feria con CDs, remeras, fanzines y algún otro souvenir. Empanadas, comida vegetariana, parejas a los besos. Un nene de unos cuatro años, con su remera de Iron Maiden, espera el inicio del recital junto a su mamá y su papá. 
 
Ahora la pantalla deja de proyectar videos: el público busca al Nekro que podría aparecer de cualquier lado, hasta quizá volando en una tabla de surf desde los balcones del segundo piso. Pero pasan los minutos y el arranque se vuelve inminente recién cuando el frontman de rastas, arrojando besos, aborda el escenario y empieza a cantar “Cariño, rápido! Un ticket hacia vos”. Boom Boom Kid desata un quilombo infernal, un pogo terrible, dulce como pocos, amable, gentil.
 
Todos los temas salen enganchados, no hay palabras que medien entre unos y otros. El Nekro no para de saltar, bailar, revolear el micrófono. Un revoleo de más y se le desconecta, pero sigue bailando, no le importa nada. Al público tampoco, pibas más bajitas que el propio cantante, se meten en el pogo y nada malo les pasa. Nada malo te puede pasar en el mundo de Boom Boom Kid. En ese universo en el que “Tomar Helado” es un himno que todos cantan. 
 
Es imposible llevar la cuenta de las canciones que van pasando. ¿Serán diez? ¿Doce? Nekro anticipa el tema que sigue “Dejemos el Facebook y la radio de lado”. El bajo arranca con las notas de “I do”, y la gente sigue bailando, el pogo no afloja nunca. Pasan temas a una velocidad difícil de entender. Nadie sabe sin van diez, quince, ¿dieciocho?
 
Nekro quiere introducir el próximo tema con unas palabras, pero se olvida lo que quería decir, se ríe él mismo “¡Tengo cuarenta años, qué queres!”. Pero no parece, porque sigue bailando por todo el escenario, saltando, pateando el aire, revoleando el micrófono como si fuese a enlazar a alguien del público.
 
Suenan algunos temas de Fun People, suenan temas de todos los discos de BBK. Pasan canciones muy melodiosas, otras más grindcore, podridas, cortitas. Se mezclan los ritmos. Interpreta “Pon tu corazón en la música” del disco Frisbee (2009), y la gente parece confundirse en un ritmo brasilero, con coreografía incluida y movimiento de manitos. Es como presenciar el ritual de la tribu para que King Kong no se enoje, aunque el mono es chiquito, tiene rastas rubias, malla surfer y campera de cuero. 
 
King Kong está imparable, sigue agitando y se lanza sobre el público. Nada por encima de la gente que no lo deja caer. Van cincuenta minutos exactos de show, y es imposible saber qué cantidad de temas han sonado. Groove es un sambódromo.
 
Por un instante Nekro amaga: “Vamos a tocar un tema lento, esto es lo nuevo de Boom Boom Kid”. Pero arranca a los pedos otra vez. Se divierte junto con la gente. Termina el tema y alguien le grita algo. Él responde “No me copa porque es oficialista”. Se vuelve a tirar al público y canta entre medio de la gente. 
 
Así avanza la noche, el pogo no se detiene nunca. El volumen es infernal. Dos pibas en corpiños se matan a besos. Otra sale arrastrándose del pogo con el último aliento. El Nekro tropieza, cae en el escenario, se para instantáneamente y sigue bailando, saltando. Sigue la venta de empanadas. Un cresta con una anarquía tatuada en el brazo nada por encima de la gente. Un pibe avisa que perdió el celular en medio de la marea, algunos lo ayudan a revolver en ese guiso. Nekro fuma.
 
Desparecen del escenario un minuto. Hasta el suspenso es corto. Se vienen los bises. BBK dice que van cincuenta y seis canciones. Puede ser tranquilamente creíble. Va una hora y media de show exacta. Arrancan el último tema. No dura más de un minuto. Termina, una hora treinta y uno, se despide. Se va del escenario, y el público comienza a irse como si nada hubiera pasado. Están todos locos, en un mundo diferente. Y en sus caras, sonrisas.


TXT: Julián Mocoroa
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