Revista El Bondi - 15 AÑOS DE ROCK
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Marky Ramone

Notas negras

Cronista: Milagros Carnevale | Fotos: Mara Moreno

16 de Noviembre, 2019

Notas negras

Marky Ramone volvió a presentarse en la Argentina, como todos los años, en el Teatro Flores. Junto a su banda y a sus fans construyó una ensordecedora noche de tributo a Los Ramones. Hasta el techo y hasta el cielo, fue, vino y rebotó el sonido legendario de su batería.

En la esquina de Rivadavia y Pergamino se levantaron lugares antes de constituirse como el Teatro Flores. Durante la década de 1910 hubo más que nada circos: el del señor Fontanella, el “Floresta”, el “Coliseo de Floresta” y el “Coliseo Rivadavia”. A finales de esta época Enrique Muscio compró la esquina para construir una sala de espectáculos, el Teatro Fénix, que luego mutó en la disco Retro y desde 2005 en el Teatro Flores, en una geografía de boliches, supermercados y casas de antigüedades.

El show inaugural estuvo a cargo del actor Florencio Parravicini, quien no se hubiera imaginado nunca que en ese mismo escenario más de un siglo más tarde estaría desafiando las leyes del sonido Marc Steven Bell, más conocido como Marky Ramone.

Marky hizo mucha música en su vida, pero por sobre todo es el eslabón remanente de los legendarios Ramones. Lo acompañan músicos que crecieron escuchándolo junto a Joey, a Johnny y a Dee Dee. Ha dicho en entrevistas que la Argentina es su segundo hogar y así es como lo recibe el público, como una vuelta a casa.

No hay un mejor lugar para que Marky se presente que el Teatro Flores, en ese límite entre Flores y Floresta, al borde de la Avenida Rivadavia que cambia los nombres a las calles, pero a ambos lados se respira la vibra punk. Desde las calles Candelaria, Baradero y Azul se presiente el paso de la leyenda. Las veredas son cerveza de vidrio en el piso, labios pintados de negro, camperas de cuero y mantas con merchandising. Esta noche no podría suceder ni en Villa Crespo ni en Recoleta, ni en Colegiales ni en Palermo. La música de Marky Ramone pertenece al Teatro Flores.

No tendría sentido enumerar las canciones que rompieron los tímpanos y corazones del barrio, porque sobrepasan las cuarenta y cinco. Las que no podían faltar, no faltaron: “Rock ‘n’ Roll High School”, “Something to do”, “Can’t get you of my mind”, “Don’t come close”, “Palisades park”, “I don’t wanna walk”, entre otras.

El espectáculo no es el de un circo, pero tampoco está tan alejado. Mientras Marky estalla la batería en el centro profundo del escenario los demás músicos enloquecen al público con sus gestos, movimientos, piruetas, y más. No será saltar de un trapecio pero no faltó la parte en la que el guitarrista principal se lanzó a los brazos del público, que luego de pasárselo con emoción, lo devolvió al escenario.

El universo de Marky Ramone es un universo de épica y dioses griegos. La música que lo anunciaba, justo después de la performance de los teloneros Me quiero ir al infierno, denotaba la llegada de un ídolo de la antigüedad. O la llegada de un boxeador afamado. Sea como fuere, el universo de Marky Ramone no es para todo el mundo. Hace falta elevarse hasta los confines del infierno y volver. Ni camperas de cuero, ni tatuajes de ángeles en la espalda, ni pelo revuelto y labios negros. Nada de eso es boleto de entrada, sólo una fachada característica e interesante. El universo de su punk es un modo de vida.

Un desafío, una posibilidad y una identidad. Todo eso significa para los fans la música de Marky Ramone y su legado. Quienes salieron la noche del 16 de noviembre del Teatro Flores se habrán sentido como recién salidos de un asfixiante y demandante round. A los fans de Marky Ramone nadie los derrota. Y si alguien lo hace, ellos pedirán, siempre, revancha.   

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