Revista El Bondi - 15 AÑOS DE ROCK
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El día que yo me muera, no quiero ir al cielo.

Cronista: Mauro Fernandez | Fotos: Gentileza: Prensa

12 de Mayo, 2017

El día que yo me muera, no quiero ir al cielo.

Un rocanrol en su máxima expresión. Así fue la vida de Eduardo ‘Korneta‘ Suárez, una persona tímida, bohemia, eufórica y tan pasional, que generaba cariño y desprecio por igual. Un luchador nato que peleó contra sus propios demonios y al que la vida no le fue nada fácil; no obstante, supo disfrutar cada momento. Aferrado a la música, marcó un camino desde los lugares más oscuros y dejó un legado que siempre será recordado.

Nació el 13 de octubre de 1953 en Mendoza. Sin embargo, en el registro civil lo anotaron un día más tarde, debido a la proximidad de la medianoche. Su padre, Marcos Suárez, fue encarcelado en Magdalena en medio de la resistencia peronista, pasando así su infancia con Nelly Briones (su madre), tíos y primos. La falta de la figura paternal lo marcó para siempre y encontró en sus primeros amigos un cariño especial; con ellos onduló el camino de la literatura, la crítica del cine y los pasos iniciales hacia la música. Por aquellos años, tocaba la única cuerda que poseía una guitarra vieja y emitía extraños sonidos en una flauta dulce que, por momentos, se tornaban molestos. Curiosamente, fue de la mano de éstas experiencias de las que, también, llegaron los excesos, ese pasaje de ida para escapar de la realidad.

En la adolescencia, llegó a Buenos Aires y la ciudad lo atrapó. Gran parte del día consumía anfetaminas y se inyectaba. En el Auditorio Kraft, en un recital de Moris, empinó una botella de caña paraguaya y sus amigos le decían: “Larga la corneta”. Así fue como le quedó el apodo que luego fue reemplazado por la k. Por miedo a la colimba, cayó internado en el Borda, en donde tomó mayor contacto con la música. Escribió sus primeras canciones y, a pesar de no poder dejar las drogas, fue dado de alta. Para esa altura ya conocía a Hilda Nélida Once -Yuli-, quien fuera su compañera de por vida. Se reencontró con su padre y decidió irse a vivir a La Tablada junto a su novia. Consiguió sus primeros trabajos (vendedor ambulante, basurero, pintor, transporte de pan) los cuales le solventaban, aún más, sus vicios.

En plena Dictadura Militar, no era joda andar por la calle haciendo berrinches. En un viaje a San Antonio Oeste fue interceptado y golpeado por las fuerzas; por no haber motivos para tal paliza, fue liberado pero la angustia lo depositó nuevamente en Buenos Aires. Dejó la casa de su padre y comenzó, junto a Yuli, a ocupar viviendas abandonadas. En enero de 1978 nació Eli, su primer hijo. La pareja bajó el ritmo acelerado de vida mientras se asentaban en un pequeño hogar que también fue utilizado como sala de ensayo. Allí forjaron mayor relación con la música; Eli con tan sólo 3 años jugaba con la guitarra mientras que Korneta intentaba formar su primer grupo. El círculo se agrandó con la llegada de Bruno, en abril de 1981.

Con el renacer de la democracia, Suaréz estuvo muy metido en la composición y en eso de querer tocar. La primera formación se llamó Oxígeno, después La Licuadora y La Mano Negra. En realidad, sólo se iban cambiando el nombre y algunos integrantes porque las canciones eran siempre las mismas. Por medio de un pariente, consiguió un crédito hipotecario que le permitió instalarse definitivamente en un monoblock del Bajo Flores. Todo marchaba normal después de tantos años de pelea; sin embargo, a fines de 1992, cayó preso en la cárcel de Caseros y su mujer sufrió una grave hepatitis. Todo mal. Pero crisis también significa oportunidad, y la experiencia tras las rejas pudo ser transformada en letras; una vez puesto en libertad, formó un trío con sus hijos. El nombre de la banda sería Los Gardelitos. Fuertes, atrevidos e insinuantes.

Las primeras fechas se realizaron, gratuitamente, en Ciudad Oculta. Luego se trasladaron a Villa Jardín, La Tablada y Parque Centenario. Tras varias pruebas, Jorge Rossi quedó designado en el bajo. Ensayaban todos los días, diseñaban volantes, regalaban demos, vendían todo lo que estaba al alcance para bancar el proyecto e hicieron del traje tanguero el atuendo característico para rugir en el escenario. Impacientes contactaron a Mario Breuer, ingeniero de grabación y productor de estudio, para sacar el primer disco. En 1998, dieron a luz a Gardeliando; un material con 13 piezas que marcarían el sonido esencial de la banda. La placa fue presentada en diversos barrios del Conurbano y en algunos bares de la Capital Federal. En ese momento, cada show -de por sí, caótico pero especial- era bautizado como una Fiesta Sudaka.



Por medio de la compañía Sony, volvieron a estudio y firmaron el primer contrato. Entre abril y junio de 1999 comenzaron a grabar un disco doble. Entre sus invitados a sesionar, estuvieron Gustavo Bazterrica, Gillespie, Willy Crook, Alejandro Terán y Javier Casalla. La mejora conseguida en lo instrumental y en la poesía, expresión que continuaba en constante ascenso, era notable; pero no todo era felicidad y solo pudo salir la primera parte de esa apuesta (Fiesta Sudaka), debido a que el dinero rápidamente se esfumó y las deudas comenzaron a multiplicarse. El 10 de diciembre del 99, Los Gardelitos llenaron la Federación de Box con 2.200 personas para la presentación de Fiesta…, pero la presión económica asfixiaba a Korneta y le causaba un gran malestar.

Fue por esos días que cayó, nuevamente, en los excesos. En el medio, Rossi abandonó el bajo para recalar en Intoxicados y su lugar fue ocupado por Juan Carlos Medina. La crisis anímica en la familia golpeó fuerte a Bruno que dejó de tocar, luego de ser diagnosticado con esquizofrenia. La banda transitó una etapa complicada y las presentaciones comenzaron a ser cada vez menos; con la particularidad de volver a ser gratuitas. Para ese entonces, Black Amaya ocupaba la batería y Charly Campos el bajo. Esa formación duró pocos meses. Suárez siempre supo que salir al escenario era lo que lo mantenía de pie, así fue como acudió Horacio Ale, un viejo conocido, y éste recomendó a su hijo Martín para hacerse cargo del bajo. El nuevo cuarteto debutó en Ciudad Oculta el 25 de mayo de 2002.

Al año siguiente, nació la idea de la autogestión y crearon su productora: La Plantita. Con Gustavo Arce como mánager, la banda empezó a trabajar de otra manera. Si bien costó demasiado, el público fue creciendo y llegaron a reventar Cemento. Todo volvía a estar en ascenso pero Korneta no podía alejarse de las adicciones. Subía al escenario, constantemente, en estado de ebriedad y buscaba todas las maneras posibles de consumir. Los efectos comenzaron a repercutir en su voz y estado físico. El último recital que brindó fue en el Hangar, el 24 de abril de 2004. Allí se lo notó feliz porque, de una buena vez por todas, estaban dadas las condiciones para que En Tierra De Sueños(la segunda parte del disco doble) fuera publicado. Una semana más tarde, fue junto a Eli a volantear para anunciar la salida del disco.

El 7 de mayo de 2004 marchó de su casa y el 12, en un confuso episodio en la calle, se topó con la muerte. Quizás fueron las drogas las que sellaron su destino, o simplemente, fue su agotamiento. Antes de partir, hizo un poema que nunca llegó a grabar llamado Pies Cansados: “Vi los pies cansados de un pueblo y una mirada oscura por qué no estaba el sol/ no sé porque seguí ese camino, quizás porque reté a mi destino/ pero mis pies ya están cansados y esperan el momento sagrado para descansar”.

Suárez vivió frenéticamente durante 50 años. Se lo bancó todo, pero hubo un día en que que su cuerpo se rindió. Sólo su cuerpo, porque su corazón, alma y espíritu aún continúan vivos.

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