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Arrasadores de escenarios: Los Piojos a dos décadas de Ritual

Cronista: Augusto Fiamengo | Fotos: Gentileza: Prensa

05 de Mayo, 2019

Arrasadores de escenarios: Los Piojos a dos décadas de Ritual

A veinte años de los shows que la banda ofreció en el Estadio Obras y registró para su primer disco en vivo, Revista El Bondi rememora aquellas jornadas históricas en las que el grupo de Ciro y compañía celebró su década de vida y recibió la inolvidable visita de Diego Maradona.

Para 1998, la certera pluma de Andrés Ciro Martínez describía en la canción “Uoh pa pa pa” –incluida en Azul, el cuarto disco de estudio de Los Piojos- en qué se habían convertido los shows del grupo hacia finales de la década del ‘90: “Miles de almas en un ritual sin calma”. El “boca en boca” había funcionado con increíble efectividad y el público piojoso se multiplicaba, acudiendo a descubrir y ser parte de ese espectáculo tan original como intenso que mezclaba rock and roll, fútbol, tango, percusión africana, el Himno Nacional y una decidida reivindicación barrial a través de banderas que flameaban durante los conciertos de comienzo a fin.

“(…) Es un ritual absolutamente repartido entre la banda y la gente, que es fundamental, no sólo por su presencia, sino también por su entrega para que todo funcione”, declaraba Ciro a la revista La García. Corría 1999 y había llegado la hora. Para la banda de Ciro, Piti (Daniel Fernández), Micki (Miguel Ángel Rodríguez), Dani (Daniel Buira) y Tavo (Gustavo Kupinski) era el momento oportuno de ofrecer un testimonio de esa ceremonia que se había gestado al calor de los míticos shows en Arpegios y además celebrar su primera década en la ruta junto a sus fans.

El lugar elegido fue el Estadio Obras, y a las dos fechas previstas inicialmente, 7 y 8 de mayo, se sumó un nuevo concierto el domingo 9. Durante un fin de semana frío que contrastó con tres recitales que transformaron al “Templo del rock” en un verdadero hervidero, la fiesta fue total con la inesperada presencia de Diego Maradona sobre el escenario, el encuentro cumbre de una década en la que el rock y el fútbol habían estrechado lazos como nunca antes en la historia argentina.

Absolutamente inspirados, Los Piojos se despacharon con uno de los mejores discos en vivo del rock argentino: Ritual.

Las noches venían calientes

La banda de El Palomar había llegado por primera vez al Estadio Obras en 1996 para presentar su disco Tercer arco, ofreciendo cinco shows en la segunda mitad del año –dos en septiembre y tres en diciembre-. En noviembre, el grupo había agotado dos Microestadio de Ferro mientras las canciones de su reciente álbum, “Maradó”, “El Farolito” y “Verano del ‘92” rotaban de manera incesante en radio y televisión.

En 1997, Los Piojos actuaron en el Microestadio de Racing y en el Parque Sarmiento. Durante ese año, en Capital Federal, la banda dejó de tocar “El Farolito” y “Verano del ‘92”, aunque sí lo hacían en el interior del país. “No los hacíamos por saturación, los pasaban tanto en la radio que era como que nosotros mismos estábamos cansados. No tenía gracia”, declaró Ciro al diario La Razón. Para sus fans porteños, la “veda” duró sólo un año.

Volvieron nuevamente al Parque Sarmiento, para presentar Azul en mayo de 1998 con dos conciertos que reunieron cada noche a más de siete mil personas. Las imágenes capturadas en estos shows se utilizaron para el videoclip del tema “Desde lejos no se ve”. En octubre, llegaron por primera vez a un estadio a cielo abierto, con la presentación ante 15 mil personas en la cancha de All Boys, y más tarde saldrían de gira por Estados Unidos y México.



Azul fue el último disco que Los Piojos hicieron bajo el sello DBN. Finalizado el contrato, algunas multinacionales intentaron ficharlos para continuar editando discos de estudio, pero en el horizonte de la banda ya rondaba el deseo de publicar un disco en vivo y de poder manejar sus propios tiempos por el camino de la independencia. “Un disco en vivo no era lo que más le convenía a las multinacionales –reconocía Ciro-. Muchas veces son como el demonio: te ofrecen el oro y después te lo cobran con creces”.

La fiesta inolvidable

Los Piojos se dieron el gusto de recorrer durante los shows en Obras sus cuatro discos de estudio editados hasta ese momento y, en forma premeditada o no, lograron un delicado balance entre ellos a la hora de seleccionar las canciones que integrarían Ritual. Promediaron los treinta temas por noche y ofrecieron una performance arrolladora como resultado del impecable nivel demostrado por cada uno de los músicos y la sintonía que evidenciaban como grupo en escena.

La cornetta sportiva a cargo de Ciro era el llamado a la acción en un disco que se iniciaba con el ritmo hipnótico de “Olvidate (ya ves)”, incluido en Azul. La banda rápidamente ingresaba en el túnel del tiempo para viajar hasta la época de Chac tu Chac (1992) de la mano de una filosa versión del tema homónimo, para pasar luego a un tándem que durante cierto tiempo fue inamovible en el primer tramo de los shows y dejaba sin aliento a unos cuantos: “Desde lejos no se ve” y “Ay ay ay”. Sobre las bases demoledoras que construían Dani en batería y Micki en bajo se entretejían las guitarras de Piti y Tavo, mientras Ciro recorría el escenario de punta a punta arengando al público, cantando con él y dirigiendo la coreografía de palmas.

El clima cambiaba con la carga dramática que proponía “Angelito”, y de la angustia existencial se pasaba a la luminosidad de “Agua”, con los músicos acompañados por el coro Chiquicanto del barrio de Mataderos, que ya había participado de la grabación del tema. Las voces de los niños junto al coro del público piojoso y las guitarras de la banda creaban un clima conmovedor que “aflojaba” incluso a los tipos más duros.

“Arco” y “Cruel” eran fieles exponentes de ese rock galopante y épico que Los Piojos supieron concebir, mientras que otros temas mostraban cómo el abanico de estilos se había ampliado con el correr de los años. La línea de bajo de Micki iniciaba el camino de “Tan solo”, el blues que se convertiría con los años en uno de los grandes clásicos de la banda, mientras que en “Ando ganas (llora llora)” los aires latinos copaban la escena con Dani Buira en los tambores y una interesante labor de Álvaro Torres en teclados, invitado habitual a los conciertos en aquellos tiempos. La impronta rioplatense que el grupo había mostrado en sus discos se hacía presente en Obras con “Todo pasa”, una historia de desamor y esperanza que Ciro contaba acompañado por miles de voces.

Los músicos miraban hacia atrás pero también aprovecharon los conciertos para mostrar el nuevo material que preparaban. Así aparecieron “Luz de marfil” y “Reggae rojo y negro”, mientras que Dani construía junto a Pol Neiman y Facundo “El Changuito” Farías Gómez (quien tras la partida de Buira se convirtió en percusionista de la banda) una característica base de murga uruguaya para una versión de “San Jauretche” muy distinta del pulso rockero que finalmente tendría en la grabación de estudio. Al ingresar al estadio, la gente recibía el programa del show en el que se incluía la letra de la canción, una sentida reivindicación de parte de Ciro hacia la figura del pensador de F.O.R.J.A. Arturo Jauretche. El tema, que quedó fuera de Azul y estuvo cerca de ser incluido en Ritual, finalmente formó parte de Verde paisaje del infierno (2000). Sin embargo, a la fiesta desatada por Los Piojos en Obras le faltaba un invitado que ni la banda ni el público esperaban: Diego Maradona. Pero esta historia merece un capítulo aparte.

Las noches del Diez y más homenajes

El amor profesado por Los Piojos hacia Maradona se hizo explícito por primera vez en 1994, al dedicarle su segundo disco, Ay Ay Ay. Luego llegaría “Maradó” en Tercer Arco y el videoclip con imágenes del Diez. Su admiración trascendía el plano de lo futbolístico, y Ciro declaraba por aquellos años: “Nosotros lo vemos como una persona que es la mejor en lo que hace, que no prometió cosas que no iba a dar y que a la vez tiene lo que tiene por lo que hizo laburando”.

La visita de Maradona se concretó el sábado, sobre la hora del show, y Ciro le ofrendó su interpretación con armónica del Himno Nacional (una costumbre desde los tiempos en los que la banda no había grabado todavía su primer disco). El astro salió a escena y luego de una ovación que duró varios minutos, confesó emocionado: “Realmente me hicieron muy feliz. Quiero agradecerle a Los Piojos el hecho de la canción y todo el afecto que me dan, porque realmente todos necesitamos cariño”. A continuación, éste le regaló al cantante los botines que usó por última vez, hizo jueguitos sobre el escenario y regaló pelotas a las tribunas.

En una década signada por la corrupción, los grandes negociados y el combo de “pizza con champán”, la honestidad y la credibilidad eran valores que Maradona reconocía en Los Piojos. En los camarines de Obras, en un reportaje para el programa El Rayo, un Diego exultante declaraba: “Más allá de que me hayan hecho este tema que es hermoso, estos chicos se ganan la plata de verdad, y le dan una energía tremenda a la gente”. Además, no dejaba de elogiar “Maradó”: “Cada vez que escucho el tema y leo la letra es como si estuviera adentro de la canción. Me definen tan bien que digo ‘¡la puta madre, mirá éste cómo me conoce!’”.

El Diez quedó tan enganchado con el show del sábado que decidió volver el domingo. Antes, invitó a Ciro a La Bombonera para compartir el triunfo de Boca sobre River por el torneo local. Durante el concierto en Obras, jugó un cabeza con el cantante mientras la banda tocaba “El farolito” y regaló nuevamente pelotas al público.

En su primera nota de tapa para la revista Rolling Stone, en septiembre de 2000, Micki rememoraba la atmósfera cargada de energía y el impacto provocado por la presencia de Maradona: “Flasheé (sic) con mi viejo; cuando lo abracé se me vino la imagen de mi viejo y no lo podía soltar… Se me caían las lágrimas. Fue una de las cosas más grosas que me pasaron en la vida, conocer a este tipo”. Ciro todavía tiene grabada la imagen de Diego al costado del escenario, colgado de un caño de la estructura montada para el show. Tiempo después de los conciertos recordaba: “A la semana, miraba la película ‘Héroes’ y no lo podía creer. Ese mismo tipo que le estaba haciendo el gol a los ingleses me había dado un abrazo y se había emocionado con el tema que le hicimos y tocamos para él (…) Todo lo que pasó ese fin de semana fue extraordinario”.

Los encuentros públicos entre la banda y el ídolo se repetirían con el correr de los años: Ciro participó en el partido homenaje a Maradona en la cancha de Boca en noviembre de 2001, el Diez subió nuevamente al escenario de Los Piojos en la edición del festival Pepsi Music en 2005 y la banda actuó en vivo y en directo para televisión abierta ese mismo año en “La Noche del 10”, el programa conducido por Maradona y emitido por canal 13.



Pero Ritual regalaba todavía más homenajes. Los engranajes de la banda funcionaban de manera tan aceitada que los músicos no se privaron de incluir una toma improvisada de “Around and Around” (el tema escrito por Chuck Berry que supo versionar The Rolling Stones) que había formado parte del primer repertorio de la banda enganchada con “Zapatos de gamuza azul” en la versión grabada por Moris (y que Ciro todavía interpreta junto a Los Persas). Fue grabada directamente de la consola de vivo el 9 de mayo y la banda quedó tan conforme que decidió agregarla a Ritual. Además, incluyeron una frenética versión de “It´s only rock and roll” de los Stones, con la letra traducida al castellano, grabada en enero de 1999 durante un recital en el Autocine de Villa Gesell. El grupo no olvidaba sus raíces mientras definía los pasos a seguir.

Nuevo sello, nuevo disco

Dos meses después de los shows en Obras Los Piojos se presentaron en el Polideportivo Club de Gimnasia y Esgrima La Plata. Antes de culminar el concierto, Ciro aprovechó para anunciar al público piojoso dos importantes novedades: la creación de un sello discográfico propio, “El Farolito” Discos, y la publicación de su primer álbum en vivo, Ritual. La banda aprovechó para grabar las imágenes del recital mientras interpretaban “Tan solo”, que sería el primer corte del nuevo álbum y tendría su correspondiente videoclip de difusión.



Ritual fue mezclado en Estudios “Del Cielito” y excepto por las modificaciones puntuales en algunas guitarras y coros todas las canciones del disco quedaron tal cual habían sido tocadas. Micki insistía en el espacio protagónico que los fans habían jugado durante la grabación: “No hay muchos discos que tangan esa cantidad de aire o de gente en el medio de los temas. Hay canciones en que la gente canta todo el tiempo”. Tavo, por su parte, con varios años de shows a cuestas, todavía no salía de su asombro: “¡Cantan algunas melodías de las canciones que no lo podés creer! ¿Cómo hacen?” El reconocimiento llegó a tal punto que el grupo decidió incluir en los créditos del disco al “Público Piojoso” en “coros y fiesta”.

El arte de tapa e interior del disco estuvo a cargo de Hernán Bermúdez, y la imagen del piojo que identificaba al grupo tendría una nueva mutación. Su creador explicó que se trataba de una simbiosis entre las máscaras de las diabladas del Norte (el carnaval boliviano) y el tradicional piojo. “Tiene que ver con los carnavales, con la idea de fiesta pagana, de ritual”, declaró Bermúdez por aquella época. La banda también apuntó fuerte al diseño gráfico. Jimena Díaz Ferreira asumió el desafío, y reconoció que la inspiración llegó por el lado de “reconstruir el ámbito del vivo, el estadio, desde la forma en que se abre el pack hasta cómo se arma, simulando una maqueta en tamaño pequeño de Obras”. El grupo siempre había prestado atención a estos aspectos de su obra, y su primera producción integral no sería la excepción.

Los Piojos se lanzaron a presentar Ritual acrecentando con cada show su poder de convocatoria: nuevamente se presentaron en la cancha de All Boys ante casi 20 mil personas y terminaron zapando con La Renga. En diciembre tocaron en el Estadio de Atlanta ante más de 25 mil personas y ofrecieron un recital gratuito en la Plaza Moreno de La Plata con 100 mil asistentes. Las imágenes captadas en este último concierto se utilizaron para el videoclip del segundo corte de difusión de Ritual, “Ando ganas (llora llora)”.



La placa rápidamente se convirtió en disco de platino y recibió una nominación como “Mejor álbum grupo de rock” en los Premios Gardel del año 2000. En febrero de ese mismo año, la revista Rolling Stone realizó una encuesta en la que participaron sus lectores y críticos especializados y Los Piojos fueron elegidos como Mejor banda argentina en 1999, además de triunfar en la categoría Mejor show en vivo por sus conciertos en Obras.

En abril de 1998, mientras masterizaba Azul en la ciudad de Nueva York, el grupo concedió una entrevista a la cadena MTV. En ella, Ciro sintetizó con simpleza, humor y una buena dosis de realidad el camino recorrido por los músicos durante casi diez años: “No es que uno dice ‘vamos a arrancar de abajo’; es la realidad. Si sos el hijo de un músico famoso, inevitablemente va a caer sobre vos el periodismo y te van a ofrecer mejores cosas ya que por tener un cierto apellido vas a generar expectativas. Martínez no genera ninguna expectativa especial, ni Rodríguez o Fernández”. El esfuerzo tenaz, la coherencia y el talento de la banda daban frutos abundantes a finales de los ‘90 y convertían a los conciertos de los muchachos de El Palomar en un fenómeno multitudinario digno de presenciar, que los medios masivos ya no podían ignorar.

Ritual capturó como pocos discos en vivo la atmósfera mágica que generaba el grupo. De alguna manera, el disco significó el cierre de una etapa y el comienzo de otra. Durante su segunda década de vida, hasta el final (¿definitivo?) en 2009, Los Piojos cambiaron de integrantes, editaron más discos de estudio y en vivo y se acostumbraron a reventar estadios como River, Vélez, Boca y el Único de La Plata. Hasta se dieron el gusto de telonear a The Rolling Stones. Todo había adquirido otra magnitud. Tal vez, sea por eso que, Ritual se transformó en la síntesis perfecta de una década en que la banda construyó una identidad propia a partir de influencias a priori difíciles de amalgamar, y desde el under alcanzó la masividad sin estar sujeta más que a sus propias reglas.

Quienes participaron hace veinte años de las memorables jornadas en el Estadio Obras guardan ese recuerdo como un tesoro invaluable. Para los miles y miles que se sumaron a la familia piojosa tiempo después y escuchan hablar de esos shows en términos legendarios, vale la pena el intento de escuchar Ritual, cerrar los ojos y, por esos misterios que encierra la música, sentir por un rato que estuvieron allí.

 

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